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Reseñas sobre narrativa española (2026-25-24-23-22)

  • jesusgomezpi
  • 10 abr 2021
  • 96 Min. de lectura

Actualizado: hace 12 horas


(las reseñas más recientes se encuentran al final de la página)



El sonido de disparos en las calles aledañas a su hotel espolea la curiosidad de Martín Garret, un joven ingeniero de minas español que trabaja en México. Desoyendo la prudencia, baja a las calles y termina ayudando a los revolucionarios a conseguir uno de sus primeros objetivos: robar las quince mil monedas de oro del Banco de Ciudad Juarez. Tras el golpe y junto a Genovevo Garza, fiel ayudante de Francisco Villa, Garret se convierte en uno más de los revolucionarios que luchan sin cuartel para acabar con la dictadura de Porfirio Díaz. Revolución, de Arturo Pérez-Reverte, es una novela sobre la revolución mexicana, una de las primeras del siglo XX. El despotismo y la tiranía de Porfirio Díaz, unió a Emiliano Zapata, Pascual Orozco y a Francisco Villa en una revuelta que terminó con la renuncia de Díaz y la convocatoria de las primeras elecciones en el país. Martín Garret es un observador de los acontecimientos y tiene muchos elementos autobiográficos del autor, que ha reconocido en una entrevista al diario “El Confidencial”, que la escena en la que Garret apoya la cabeza en la pared porque piensa que le van a disparar, está basada en una experiencia propia vivida en Nicaragua en el año 1978. Hay varias cosas que me han llamado la atención del libro: la primera, el vocabulario que el autor utiliza para los diálogos: expresiones mexicanas adaptadas a la clase social del personaje; algo que aporta mucho realismo a la lectura. La segunda, la importancia de los personajes femeninos. Destacan las soldaderas, mujeres que seguían a sus hombres cargadas con sus escasas posesiones, armas e incluso sus hijos, si los tenían. Eran ellas las que los atendían y alimentaban cuando terminaban los combates y si era necesario, también disparaban sin miramiento alguno. También hay otra mujer muy relevante en la novela: Diana Palmer. Una periodista inspirada en Nellie Bly, que llega a México para mandar crónicas del conflicto al diario estadounidense para el que trabaja. Sin importarle el riesgo, se une a las tropas de Villa para informar desde la primera línea de fuego. El libro refleja la violencia de la revolución y también su condena al fracaso porque, a pesar de que lucharon con uñas y dientes para ganarla, los líderes revolucionarios, analfabetos en su mayoría, no estaban preparados para dirigir un país y menos aún para negociar con su poderoso vecino del norte: Estados Unidos. En cualquier caso, sí lograron mejoras para los humildes campesinos y fueron la inspiración para futuros movimientos revolucionarios en América Latina. La parte histórica de la novela es una maravilla, pero no lo es menos la compleja metamorfosis de Garret; un joven, convertido motu propio en un guerrillero, que en medio de la guerra descubrió las reglas ocultas del universo que determinan el amor, la lealtad, la muerte y la vida. Una novela brillante que rinde homenaje a los hombres y mujeres que lograron derrocar a un dictador y que, con el tiempo, lograron que cambiaran las estructuras políticas y sociales del país. (Ana García, 4 de noviembre de 2022)




Estoy de acuerdo con la crítica de Alberto Olmos que transcribo a continuación. Para quien no conozca a este autor es muy recomendable que lea Los asquerosos . Esta última novela es bastante más floja desde mi punto de vita pese a algunas críticas que la han puesto por las nubes (Jesús Gómez)


El éxito de 'Los asquerosos' (200.000 ejemplares vendidos, dice su editorial) fue sorprendente porque la novela, siendo estupenda, llevaba también una carga lingüística poco común en los libros comerciales. Lorenzo, según noté con placer y envidia, dominaba la lengua española por sus confines más infrecuentes, nombraba cosas del campo que ya ni la gente del campo sabe cómo se llaman, y mostraba una creatividad verbal que suele ser la adecuada para que nadie te lea.

Ahora, con 'Tostonazo', una novela en cierta medida decepcionante, ese estilo sigue en pie y es, de hecho, lo más interesante del libro. Cómo Santiago Lorenzo inventa su propia lengua, juega con las expresiones y parece reciclar la literatura española más olvidada de todas, que es la del franquismo.

Ya Umbral decía, cuando decir estas cosas no era tan peligroso como ahora, que sus columnistas de referencia eran todos falangistas, porque, qué se le iba a hacer, eran los que a su juicio escribían mejor. Investigando sobre Lorenzo hace algún tiempo, encontré un listado de sus libros favoritos, y me dio la clave (o quise que me la diera) de ese estilo suyo tan reconocible, ajeno a modas y españolísimo.

En su listado para Librotea, amén de ciertos libros exquisitos como 'En busca del Barón Corvo', de A.J.A. Symmons, nuestro autor citaba a Dionisio Ridruejo, su 'Castilla la Vieja'. Ahí entendía uno, por fin, cómo podía Santiago Lorenzo nombrar las cosas del campo con tanta puntería y sabor: porque había leído a estos señores olvidados.

La escritura en español, que es lo que digo que a usted le da igual, tiene dos extremos retóricos, uno que se pretende moderno y otro que se adscribe a una tradición. El primero es fácilmente detectable por muchas cosas, pero una bastante simpática es el abuso de la prefijación. Así, encontraremos en los imitadores de David Foster Wallace muchos adjetivos aderezados con pos- proto- o hetero-. La prosa tradicionalota española, sin embargo, se inclina por la sufijación, y así hallamos en 'Tostonazo' (desde el propio título) un montón de palabras alargadas innecesariamente por su sílaba final a efectos de crear una cierta música del idioma. Leemos: "eurines", "moneditas", "redondotas", "filmoide", "hostiecitas", "turrandraca", "coparras"…

Ya el comienzo del libro es muy de la España que no existe: "Yo soy de enero de 1993, y de Madrid", cuando obviamente un chaval nacido en los años noventa diría que nació en enero del 93, y no que 'es' de enero del 93. Por ahí vamos viendo cómo este estilo, por lo demás, encantador, de Lorenzo se acomoda malamente al personaje que ha creado. Es una juventud que habla como se hablaba en los años cuarenta, amigos.

Así, expresiones tan logradas como: "El hombre llevaba encima bastante sorbo" o: "Me estaba duchando por dentro a base de orujo" (y el orujo mismo como bebida), no parecen muy probables en alguien nacido después de los Juegos Olímpicos de Barcelona. También hay aliteraciones felices: "Por donde me llevaba el tintineo de mis zapatitos contentos", y alguna greguería: "El cero es la hache de las cifras", muy de otras épocas literarias.

'Tostonazo' tiene una primera parte dedicada justamente a los "tejemanejes" del mundo del cine, y una segunda donde el protagonista cuida de su tío anciano, fácilmente asimilable con un votante de Vox. El final de 'Los asquerosos', donde se dedicaban decenas de páginas a criticar a una familia de urbanitas que visitaba el agro, es un poco el tono general de 'Tostonazo'. Es la catilinaria o filípica lo que mueve muchas veces la pluma de Lorenzo, ese tomar un tipo humano y darle para el pelo, criticando su carácter o comentando sus barrabasadas.

En la parte del cine, que es la más entretenida y donde se aprende alguna cosa de ese oficio, se trata del productor Sixto, un personaje berlanguiano que arruina un rodaje con sus imposiciones caprichosas. En la otra, como decimos, es el tío, que ahora mismo no recuerdo cómo se llama.

Así, la novela es como un díptico imprecativo, donde, entre cositas anecdóticas, se pone a parir a dos personajes no tan interesantes: el productor zumbado y el cuñado canónico.

Con eso de que 'Tostonazo' es "una novela luminosa" no sé qué ha querido decir la editorial en su contraportada, la verdad. Es una novela que se lee con gusto porque el autor escribe muy bien, con ese tempo humilde tan adictivo; pero argumentalmente la he visto muy desmigajada. (Alberto Olmos)




La novela se centra en el relato de unos meses de la vida de los tres personajes (tres mujeres). Hay retrocesos temporales para conocer su pasado y el origen de su situación actual. Muy bien trabajados todos los personajes. Muy bien descrito el proceso psicológico de Oliva y de su maltrato. Descripción acertada y precisa de las circunstancias difíciles que los rodean, sin tintes dramáticos. La prosa es potente, tiene ritmo, ramalazos líricos y a la vez cierta sobriedad. En conjunto la novela es excelente. (Jesús Gómez)


Esta novela nos pone frente a frente con las duras existencias de tres mujeres que confluyen en un edificio del centro de Madrid. Sus vidas representan los oscuros recovecos de una realidad muchas veces oculta entre el bullicio de la gran ciudad. La nueva novela de Lara Moreno se titula y define por el espacio en que tiene lugar. Es una novela de Madrid, del centro de la ciudad gentrificado en el que unos viven y otros acuden a trabajar. En uno de sus edificios de viviendas viven Oliva y su hija, trabaja Damaris y hace ambas cosas furtivamente Horía... Sus existencias, extrañamente paralelas, sutilmente entrelazadas, sustancian esta historia contemporánea, dura, reveladora, llena de verdad que todos conocemos peros sigue sin contarse demasiado.

Oliva, profesional, separada del padre de su hija, vive en pareja con Max. Es una relación llena de pasión, una pasión que hace que le cueste percibir que está entrando en una espiral destructiva en la que progresivamente la hunde el comportamiento de Max. En un piso cercano trabaja Damaris, migrante procedente de Colombia, marcada por la tragedia, sobreexplotada por sus amables empleadores. En la portería, Horía, huida de su trabajo en los invernaderos del sur, se esconde, espera a su hijo huido, trabaja en la oscuridad por lo mínimo para sobrevivir. Las tres son muy diferentes, pero las tres son madres dispuestas a todo por sus hijos, y se enfrentan a las grandes opresiones que en nuestra época siguen reservando un mayor espacio para las mujeres: el maltrato y la explotación.

Esta excepcional novela nos las muestra intentando sobrevivir, a veces en momentos de negación o resignación, otras en momentos de rebeldía en los que luchan por salir a flote. La autora refleja con mucha habilidad cómo todo el dolor de Oliva, Damaris y Horía parece fluir como una corriente subterránea, una realidad que contrasta con una superficie, unas palabras que parecen mero engaño. Cómo las primeras engañadas son ellas, al creer que Max cambiará, que los señores de verdad se preocupan por ella, que en los invernaderos hay un futuro mejor... al leer esta novela, en tercera persona, vamos navegando entre los puntos de vista de las tres, entre una apariencia objetiva y un desgarro de tono casi poético.

"La ciudad" es una historia de violencias silenciosas o silenciadas, ocultadas por las palabras o directamente negadas. Sus protagonistas viven vidas que sabemos que son reflejos nada lejanos de la realidad, que podrían tener muchos nombres y apellidos auténticos en lugar de los suyos. El relato de estos avatares parecería prestarse a un estilo narrativo lleno de intensidad verbal, en carne viva, pero Lara Moreno hace una elección muy diferente, y acertada: el tono general es austero y sobrio, casi periodístico, sin ser frío. Los grandes estallidos emotivos son raros y se dan en momentos clave que los piden. Paradójicamente, esto hace que la novela se lea, por momentos, con la ansiedad de una historia de suspense, con sus elipsis que desnudan la historia de artificios y dejan a quien la lee solo con las preguntas por los porqués. Si hay una palabra con la que definiría esta historia es "inquietante". Recomiendo su lectura, sin dudarlo, y en especial a las personas que creen que la novela ha de ser un espejo de la vida. Esta lo es, a la par que escrita con vigor y rigor literario.






La novela de Cristina Araújo huye de cualquier tópico. Lleva a cabo una construcción muy acertada y equilibrada de todos los personajes y de sus profundas motivaciones para actuar tal como lo hacen. El ritmo de las acciones y el despliegue del argumento hacen que el lector la lea con ganas de continuar hasta el final y de conocer todos los extremos de la historia. En definitiva, una novela muy bien escrita y recomendable para cualquier lector, dotada de un profundo sentido moral y ético y que en ningún momento cae en el adoctrinamiento o moralina de brocha gorda. (Jesús Gómez)


La brutal violación de una chica por un grupo conocido como La Manada en los sanfermines de2016 tuvo inmediato reflejo literario. En 2019, Jordi Casanovas hizo en Jauría un revulsivo reportaje teatral que compaginaba documento y vanguardismo expresionista. El dramaturgo se centraba con altísima tensión dramática en “Ella” y en el juicio a los cinco violadores. El mismo episodio toma como referencia Cristina Araújo Gámir (Madrid, 1980) para el desarrollo anecdótico de Mira a esa chica. Tan es así que también aparece el término manada, aunque solo una vez y con sentido genérico. Pero Araújo no ocupa su historia solo con el núcleo judicial sino que la envuelve con una amplia trama narrativa que abarca a los cuatro violadores y a la víctima, Miriam. El conjunto, además, se inserta en la exploración de la personalidad de los protagonistas y en el testimonio colectivo. Este planteamiento panorámico requiere algo que la autora practica con detalle, la indagación psicologista. No se trata, sin embargo, de un complemento de la anécdota, sino de una materia destacada muy oportuna. Miriam está traumatizada por su físico, por el complejo de gorda. Es víctima de un deseo de agradar que le lleva a actitudes imprudentes, las cuales le producirán remordimientos tras la violencia sufrida. También sirve para abordar los conflictos de la adolescencia vulnerable, sobre todo las pulsiones sentimentales y eróticas. En suma, Araújo construye un buen personaje, laberíntico, y evita el tipo maniqueo que podría ser útil para sostener una tesis. Sus tormentos íntimos tienen auténtica densidad humana, que alcanzan tonos conmovedores. El retrato se amplía también hasta una imagen genérica de problemas de adolescencia mediante la peña de compañeras de estudios. Y se expande hasta inquietantes apuntes sobre la familia. Suficiente profundidad psicológica marca también a los violadores. No solo aparecen mostrando un machismo zoológico. Vemos a unos tipos taimados, inmaduros, chulescos y cobardes. Sus rasgos mentales y morales sustentan la verdad literaria de su tropelía. Esta dimensión intimista se hermana con un documento colectivo. Por la nove la desfilan las actitudes públicas sobre la chica y sobre sus agresores. De ello resulta un testimonio social implacable. Esta dimensión crítica señala sin reservas la desigualdad sangrante en la consideración de la mujer y reúne los rasgos y objetivos de la literatura de denuncia. De nuevo la autora maneja esta vertiente dela novela con eficacia, sin caer en el alegato simplificador. Porque en todo momento Araújo es consciente de la obligatoriedad de darle a su asunto un tratamiento literario. De acuerdo con esta exigencia, la recreación de una canallada se lleva a cabo mediante una voluntad de forma y de estilo. Araújo muestra mucho cuidado en la arquitectura del relato, que, en esencia, consiste en la alternancia de dos voces narrativas; una, la de la propia protagonista expresada en una segunda persona de autoanálisis y autorreproche; otra, la de un narrador en tercera persona que domina el conjunto de la acción y de los sucesos y permite que el drama avance a buen ritmo. A esta construcción algo tradicional le da un aire moderno recurriendo en algunos pasajes a un moderado vanguardismo. Consigue Araújo con esta alerta creativa una polifonía de voces que le dan dimensión artística a una salvajada. Y ello con el logrado objetivo de que el lector no salga indemne: la cruel historia le apremia a reflexionar sobre cuál habría sido su actitud ante un caso semejante.

SANTOS SANZ VILLANUEVA





Santander, 1936 es una novela de personaje cuyo foco se pone en un joven, Álvaro Pombo Celler, tío carnal del propio autor, con especial atención a sus andanzas, a los 17 años, a lo largo de 1936 y hasta su asesinato a finales de esta fecha.

El análisis del personaje remite a un paradigma narrativo bien conocido: se trata de un relato de formación política y sentimental. En síntesis, Álvaro encarna los impulsos morales, intelectuales e ideológicos que llevan a un muchacho apocado y a la vez audaz a hacer suya la mística violenta y poética joseantoniana y a afiliarse a Falange Española en 1934, poco después de la fundación del partido fascista.

Al mismo tiempo tenemos una novela familiar. Pombo dedica minuciosa atención al entorno de Álvaro. La parte del león se la lleva el padre del chico, Cayo Pombo Ibarra, y se complementa con referencias a la madre separada, que hace vida por libre en Francia, con alusiones al hermano, ajeno a las vicisitudes de sus parientes, con noticias del tío paterno monárquico y con apuntes sobre las personas del servicio doméstico, integradas en el círculo de la familia.

(…) La estampa recoge un buen número de hechos significativos: la agitación social propiciada por el nuevo tiempo; la violencia de los enfrentamientos entre izquierda y fascistas; la quiebra de antiguas relaciones (Álvaro y el Tote, su amigo de infancia) y el impacto de la enrevesada situación en la vida común (el odio al señorito del novio de la criada, Elena).

Sobre todas estas cuestiones sobresale el gran conflicto ideológico del momento, incrustado en el núcleo familiar: el desentendimiento político de padre e hijo. El republicano Cayo, seguidor de Azaña, aprecia las novedades sociales y culturales traídas por el régimen que ha clausurado la monarquía. Álvaro milita, como he dicho, en la Falange. Sendas posturas antitéticas parecen llamar a un relato maniqueo, de irreconciliable resolución. El gran acierto de Pombo está en plantear la disparidad de forma dialéctica, como un debate, con un desarrollo reflexivo que no tiene miedo de llevar la narración a lo discursivo.


(…) El retrato íntimo de ambos es magistral. Pombo distribuye las dosis exactas de cariño, ternura, comprensión, desvalimiento, dolor por la enfermedad y desconsuelo por la muerte para crear dos personajes de extraordinaria densidad y hondura, de esos que siguen acompañando al lector cuando ha terminado la trágica peripecia argumental.

Esta capacidad para indagar en las conciencias es uno de los grandes méritos de Santander, 1936. Todo está supeditado al panorama histórico, pero los personajes resultan decisivos para sustentarlo con verdad humana. Pombo los muestra con un admirable despliegue de matices psicológicos. Delicadísima es la relación entre Álvaro y Elena, base de una entrañable historia de amor. Las reacciones del novio de Elena y del Tote penetran en el conflicto de clase. Observación moral profunda revela la afinidad de Álvaro con Wences, el maestro con quien comparte desventura en el buque-prisión republicano. La excéntrica madre de Álvaro condensa un tipo representativo de ciertas actitudes de época. La agudeza en el retrato alcanza a figuras complementarias, como el chófer de Cayo.

Este variado despliegue de almas le proporciona al libro la enjundia humana sobre la que se levanta una vivaz novela histórica. Pombo hace que discurran por ella personas zarandeadas por un vendaval político, por una revolución en curso y aún sin decidir entre sus extremos incompatibles. Esos destinos inciertos se inscriben en una sólida trama realista, bien sea por recuerdos familiares juveniles del propio Pombo, bien por la amplia y atinada documentación que maneja. Pero sobre el pasado actúa desde el presente un narrador implicado que valora los sucesos sin ocultarlo.

En última instancia, el octogenario Pombo viaja al ayer, el de su clase social y de la historia, y consigue, con brío de plenitud creativa, sin concesiones al jugueteo narrativo en que ha incurrido en ocasiones, que esta novela de la memoria tan intelectual como emotiva sea una de sus obras capitales.

(Santos Sanz Villanueva)






Dos jóvenes exaltados, Asier y Joseba, se marchan en 2011 al sur de Francia con la intención de convertirse en militantes de ETA. Esperan instrucciones en una granja de pollos, acogidos por una pareja francesa con la que apenas se entienden. Allí se enteran de que la banda ha anunciado el cese de la actividad armada. Abandonados a su suerte, sin dinero, sin experiencia ni armas, deciden continuar la lucha por su cuenta, fundando una organización propia, en la que uno asumirá el papel de jefe y disciplinado ideólogo, y el otro el de subalterno más relajado. El contraste entre el afán de gestas y las peripecias más ridículas, bajo una lluvia pertinaz, va llevando la historia hacia una especie de drama cómico. Hasta que conocen a una joven que les propone un plan.

Esta nueva novela de Fernando Aramburu nos arrastra, de una manera agilísima y sorprendente, por una peripecia inesperada con un desenlace magistral. Contada con un humor permanente, cáustica, veloz, escrita con frases cuya brevedad es un auténtico virtuosismo, Hijos de la fábula vuelve a demostrarnos que Fernando Aramburu pertenece a la estirpe de los grandes escritores, los que nos cuentan historias como nadie es capaz de contar.






Excelente novela. Reconstrucción minuciosa de la sociedad madrileña entre 1939 y 1945 (opositores al franquismo; profesores depurados; tejemanejes políticos entre las distintas familias del régimen, personajes de la vida cotidiana, el estraperlo, los policías de la Brigada político-social...). La novela se estructura en secuencias breves que forman cinco partes (libros) según una distribución temporal (noviembre 1939 a junio de 1940, etc.). La construcción de personajes y la documentación manejada para reflejar y reconstruir en la novela con gran detalle lugares, acontecimientos, costumbres, etc. son otros de sus grandes méritos entre los muchos que tiene esta novela. Se transcribe a continuación algunos párrafos de la reseña sobre la misma de Rafael Ruiz y otra de Alberto Olmos

Jesús Gómez



Ignacio Martínez de Pisón (1960) ha escrito una buena novela sobre la primera posguerra, esos años de 1939 a 1945 que corresponden a la España más negra, los momentos más duros del pasado siglo. El escritor zaragozano, residente en Barcelona desde su juventud, retrata con un realismo clásico aderezado por una mirada de dulzura y comprensión esa miseria de posguerra, en la que la vida se ha convertido en una lucha por la supervivencia. Como en otros textos (en el recuerdo tenemos obras como "Fin de temporada", "La buena reputación", "El día de mañana" o "Derecho natural"), sabe ser claro y emotivo a un tiempo. No descuida detalles en lo que quiere contar, porque es narrador minucioso y bien informado. En ese aspecto, "Castillos de fuego" tiene un gran interés histórico, casi antropológico, pues detalla con sabia mirada cada pequeño detalle de los usos y costumbres de la época. Ha trabajado muy bien la psicología y comportamiento de los personajes para que no traicionen la mentalidad del periodo histórico que se recrea. Eso honra al escritor, pues estamos demasiado acostumbrados a textos revisionistas que no tienen en cuenta la más mínima perspectiva histórica. En "Castillos de fuego" nos encontramos con la situación contraria, pues una de las fortalezas del texto es su poder de ambientación y respeto a una época.

El libro tiene muchas virtudes pedagógicas, por ese interés histórico que despierta y su capacidad para evocar unos años con vivos detalles y sin caer en demagogias partidistas. Por ello le veo posibilidades de ser recomendado como lectura en instituto. Sería una buena forma de mostrar valores a los jóvenes en la recreación de la España más negra que aquí se realiza. La novela tiene un carácter coral, con una nómina de personajes protagonistas muy extensa, cuyas vidas se entrecruzan de manera constante y sin que quepa separación por capítulos en una estructura que nos puede recordar a ese monumento literario que fue "La colmena", de Camilo José Cela.

"Castillos de fuego" se suma además a la lista de los grandes libros de Madrid, pues sus páginas contienen una devoción a la ciudad, y sus calles y plazas inundan cada pasaje de la narración. Con la novela el lector conocerá los modos de actuación de Falange, y cómo el gobierno de Franco cometerá una campaña de depuración una vez acabada la guerra. El lector asiste al proceso de instalación del Régimen, así como la reorganización del Partido Comunista en el territorio y su persecución constante.

Si ya habíamos podido disfrutar de buenas narraciones ambientadas en la época de la mano de Ignacio Martínez de Pisón (recuerden Filek, novela sobre el químico austriaco que mantuvo la quimera de una nueva energía en los comienzos del Régimen), con "Castillos de fuego" da un paso más en la exploración de nuestra historia, por la humanidad de las historias que cuenta y su capacidad narrativa.

Rafael Ruiz Pleguezuelos




Una cosa que he pensado del franquismo, después de transitar las setecientas páginas que Ignacio Martínez de Pisón le dedica solo a los primeros cinco años de expansión del régimen, es que resulta más fácil entender el franquismo que entender vivir en el franquismo. Nosotros manejamos hoy un juguete cerrado, unas conclusiones incluso pueriles (Franco, malo; ergo yo, héroe), y vemos aquel periodo espantoso por sus costuras finales y su disolución a nuestro favor. Hemos llegado a la historia justo a tiempo para entender el franquismo de un vistazo.

En Castillos de fuego (Seix Barral), la extraordinaria novela que nos regala este febrero Ignacio Martínez de Pisón, esto se ve muy bien. O sea, se ve muy bien cómo los ciudadanos que viven bajo un sistema autoritario naufragan en la filosofía de los finales. Es el final del sistema, en tanto utopía, el que lo mantiene vivo y lo alarga. Es la necesidad de pensar la dictadura por el sueño de su disolución la que hace que no acaben nunca. Al franquismo ya lo daban por muerto en 1942, como al Real Madrid cada año en la liguilla de la Champions.

Inclinados a ser normales, no revolucionarios

Solo es uno de sus innumerables méritos, pero Castillos de fuego genera una ternura inolvidable a lo largo de su millón de palabras al mostrarnos a unos personajes perdidos en el laberinto autoritario. Hay que esconderse, pelear, sobrevivir, porque esto acabará algún día. "Franco tiene los días contados. Los yanquis se han tomado en serio lo de liberar Europa del fascismo y no lo van a dejar a medio hacer". Después de derrotar a Hitler, Estados Unidos vendrá a por Franco, es el cálculo inocente de los inconformes. Como quien hace cola en una taquilla sin saber que ya no quedan entradas.

"Los escaparates estaban ya iluminados, lo que le transmitió una tranquilizadora sensación de orden: al fin y al cabo, las cosas funcionaban", leemos. Siempre es por ahí por donde empieza a verse que una dictadura va a prolongarse mucho tiempo: las cosas funcionan. Una dictadura con electricidad tiene futuro, porque la gente se acostumbra a no votar, pero nunca a estar oscuras. La vida diaria es menos política de lo que ahora mismo pensamos (o nos han hecho pensar); la vida diaria son cuatro cosas básicas a partir de las cuales todo es tolerable. Estamos fatalmente inclinados a ser normales, no a ser revolucionarios.

Eso le sucede a Cristina, el fabuloso personaje creado por el autor, hermana de un fusilado por Franco, y de otro perseguido por el régimen y que ha acabado (este hermano vivo) en el maquis. Cristina echa una mano a la revolución, pero de pronto se cansa: "¿Algún día vendrán los rusos a liberarnos? Ya me da lo mismo que manden unos o manden otros. Yo solo quiero vivir. Ser una persona corriente y llevar una vida corriente. ¿Es mucho pedir? Quiero hacer las cosas que hace la gente normal.

¿Por qué se asienta y alarga una dictadura? Porque la gente no quiere hacer Historia (derrocar un régimen), sino hacer lo cotidiano, es la épica de las cosas vulgares y bonitas la que mueve la vida. Así, si la resistencia a Franco hubiera conseguido que la gente no pudiera beber vino, pasear con la novia de la mano por un parque o jugar al mus en el bar, se acababa la dictadura en dos meses.

Martínez de Pisón va diseminando por la novela las numerosas obras, reformas y edificaciones que el régimen acometió en la capital de España, desde la finalización de Nuevos Ministerios en 1942 a la apertura de la cárcel de Carabanchel en 1944. Castillos de fuego, minuciosamente documentada, recrea con precisión un Madrid de miseria y tiendas de moda, de espías y hambre, pintado desde Tetuán de las Victorias a Usera, pasando, casi calle a calle, por la vida de toda la ciudad.

Autor invisible

Es, en ese sentido, una obra galdosiana, que se sitúa también a medio camino entre Almudena Grandes y Pérez-Reverte. Con la primera, coincidiría en las pequeñas historias, no pocas de amor y sentimiento, y con Reverte en el conocimiento preciso de los nombres de las cosas, desde los útiles de una carpintería a la impedimenta militar.

Pero lo que diferencia Castillos de fuego de Inés y la alegría o de Línea de fuego es el tono, de una neutralidad casi entomológica. Frase sencilla, cada frase una información, el autor no existe, es invisible y todo lo sabe, no él, sino la gramática.

Llevamos un comienzo de año con muchas novelas españolas publicadas, y no pocas firmadas por autores relevantes o conocidos o valiosos. Castillos de fuego está, por decirlo con prudencia, a años luz de todas las demás novelas que han llegado a las librerías en 2023. Por ambición, por técnica, por emoción, por trabajo. Lo normal es que acabe en película o serie, así que léanla cuanto antes.


Alberto Olmos








Una novela de 2021 que merece la pena leer



El lunes nos querrán de Najat El Hachmi que le valió para ganar el prestigioso Premio Nadal 2021 es una novela que la autora dedica a “Las valientes que se salieron del camino recto para ser libres. Aunque doliera” y tras leerlo quería empezar por ahí, porque esta novela aúna eso la libertad y la valentía que creo que Najat ha tenido para escribir esta historia.


Estamos a finales de los años noventa en un barrio de la periferia barcelonés donde la hija de Muh escribe miles de listas de tareas y objetivos que se plantea y que piensa que cada lunes puede ser un buen día para iniciar su propósito de convertirse en aquello que los demás quieren que sea. Esta joven estudiosa no acaba de contentar a su familia, hija de unos inmigrantes marroquíes se está convirtiendo en una mujer y no puede alejarse del camino impuesto por una sociedad machista. Un día conoce a una joven como ella que también vive en su barrio, pero con muchas más libertades que ella, no tiene esas ataduras culturales ni religiosas que en su casa son tan importantes y firmes.


«El lunes nos querrán» es una historia de ficción pero que mucho me temo se acerca a la realidad de muchas jóvenes que tuvieron que vivir lo aquí narrado en sus propias carnes. Esa falta de libertad para escoger unos estudios, un trabajo, un marido o con quien poder tomarse un café. Una sociedad machista y retrógrada que vino a nuestro país pero que no cambió sus costumbres ni intentaron adaptarse a nuestra cultura. Pero en esta historia hay mucho más, las protagonistas quieren ser mujeres occidentales, no quieren ser sumisas como lo fueron sus madres, quieren luchar por salir de su entorno, pero no lo van a tener fácil porque esta huida no las va a dejar indiferentes, esta huida les afectará mucho más de lo imaginado.

Najat ha escogido una voz narrativa en segunda persona, nada habitual en la literatura. Nuestra protagonista, cuyo nombre no conoceremos hasta el final del libro, le cuenta a su amiga a través de una carta esas vivencias de su etapa juvenil, una forma atrevida y valiente de contar que, a mí, personalmente, me ha parecido acertada y me ha hecho empatizar mucho con ellas.


«El lunes nos querrán» es un relato de la importancia que las mujeres sean protagonistas de su vida y que mejor momento para escribir esta opinión que hoy, 8-M, un grito a todas esas injusticias que estuvieron y están presentes en nuestro día a día. No hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor. En el caso de la sociedad marroquí tal y como se refleja en esta historia está mucho más patente entre hermanos y hermanas, no hace falta salir de casa para comprobarlo.

«El lunes nos querrán» es una novela de opresión, cosificación femenina, racismo donde la religión y la dignidad cobran un papel importante, donde la libertad acaba en el mismo hogar donde el machismo es el punto de salida a todas las decisiones que se toman. Pero también es una novela valiente, con un potente mensaje. Una magnifico retrato de dos jóvenes que lucharon contracorriente para poder ser libres, para poder escoger la vida que querían, para poder ser las protagonistas de su vida.







La vuelta a la novela de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) se asienta en un esquema tradicional que conjuga una historia y sus personajes. En Vagalume, un escritor, César, asiste al entierro de otro escritor, Manolo Castro, quien fue, en la juventud de César, su maestro en el periodismo, la literatura y hasta en la vida. Nunca perdieron una estrecha relación amistosa y el fallecimiento impulsa un intenso ejercicio rememorativo solventado en un relato en primera persona.

Los recuerdos toman pronto una deriva particular, el análisis de una personalidad enigmática. Una desconocida le deja a César en el hotel un ejemplar de una antigua novela de Castro que la censura prohibió y guillotinó en la imprenta. Nuevos descubrimientos añaden incógnitas al personaje.

El relato, al detenerse en esos hechos, se configura como una narración de suspense, sostenida a lo largo de todo el libro, acrecentada con multiplicados enredos y mantenida con tensión algo folletinesca hasta las mismísimas páginas finales.

Pero no se trata de una simple novela de misterios y sospechas, a pesar de su enorme peso. La expectación está al servicio de intereses de mayor vuelo. La anécdota global pivota sobre una afirmación repetida: todos tenemos tres vidas, la pública, la privada y la secreta. En este último arcano de la personalidad se centra Julio Llamazares. Aunque no de forma abstracta sino a partir de un dato concreto de Manolo Castro: alguien tan bien dotado renunció para siempre a volver a escribir.

Pero lo incumplió en esa tercera vida. Con nocturnidad, encerrado en su despacho, como una luz que vaga, esa “vagalume” que utiliza de apodo, escribió sin descanso e hizo un buen número de obras que escondió a todo el mundo, incluida su familia. Y las guardó aunque no le habría sido difícil encontrar editor. La trama despeja la recóndita razón, que no debo detallar, de ese raro proceder.


La anécdota puede parecer algo rebuscada, pero no estamos ante un caso insólito de autor que se autosilencia. Habrá tenido Llamazares en mente a Mario Lacruz, editor de sus primeras novelas, muy considerable novelista que dejó un armario con obras inéditas desconocidas.

Esta presunta base vivencial se intensifica, por otra parte, en Vagalume al recrear como marco una ciudad mortecina y decadente no nombrada, pero sin duda trasunto del León de la juventud del propio autor. Todo ello funciona como un soporte de experiencias que favorece la autenticidad del tema. Que es, dicho ya en corto, la pasión de escribir, abordada de forma un tanto especulativa.

Llamazares transforma la intriga en trampolín para la reflexión sobre el peso de la memoria y las ilusiones

La anécdota —por qué Castro escribe en secreto— se convierte en leitmotiv de la novela a partir de una impronta autobiográfica. Por medio de Castro, Llamazares habla de sí mismo y de la peculiaridad de dedicar la vida a algo tan raro como el oficio de escribir. No disipa el misterio pero queda claro que se trata de una fuerza ineludible, casi una especie de destino. Esa querencia, por otro lado, no la sacraliza pues la limita a ser una luciérnaga en la noche que busca iluminar con su luz el sentido de la vida.

Julio Llamazares transforma la intriga en trampolín para la reflexión. Acerca de dicho motivo principal, pero desde luego, no solo. A él agrega otros muy diversos asuntos. El más notable se refiere al implacable paso del tiempo, sentido con no poca melancolía. También acerca del peso de la memoria, el valor de la experiencia, las ilusiones, las complejas relaciones privadas y la amistad. Así, el logrado gancho del suspense da paso en Vagalume a un ameno relato de pensamiento. (Santos Sanz Villanueva)



La educación física, de Rosario Villajos (Córdoba, 1978), es el nuevo Premio Biblioteca Breve (2023). Esta novela “recoge el sentir de una generación”, como bien señala el acta del Jurado, tal vez de varias generaciones de mujeres en nuestro país. Porque trata de la educación sentimental y sexual, de cómo las restricciones influyen en el desarrollo de una adolescente. Lo hace, además, centrándose en la poética del cuerpo femenino, poniendo de relieve cómo esa fisicidad puede limitar, coartar y subordinar un carácter en pleno crecimiento.

Catalina tiene dieciséis años y acaba de pasar por una experiencia traumática en el chalet de Silvia que también implica al padre de su mejor amiga. Anteriormente, ya había habido conatos –lo comprende ahora– a los que nunca dio importancia porque no supo interpretarlos. Pero lo sucedido esa tarde de finales de agosto es la clave que la ayuda a calibrar el sentido de ciertas miradas, de algunos roces, incluso de caricias o contactos, aparentemente familiares, que se detuvieron más de la cuenta. Ante aquel incidente, Cata decide abandonar la vivienda de Silvia, en las afueras de la ciudad, y hacer autostop para regresar a su domicilio.

Como cualquier chica de su edad, tiene miedo a subir en el coche de un desconocido. Ahí está el reciente crimen de Alcácer para recordárselo –cronológicamente, la historia tiene lugar a principios de los años 90– y así lo hacen también distintos personajes con los que se encuentra en el camino. Pero hay un acto de rebeldía en ello, la necesidad de ponerse al límite, de forzar la situación, de sublevarse contra una educación en exceso represiva, de insubordinarse contra unos padres solo preocupados por lo social y desatentos a las necesidades afectivas de una hija. En el fondo, el temor a ser violentada por un conductor palidece ante el miedo a llegar tarde a casa.

La historia está bien contada y atrapa al lector con rapidez. La autora, además, sabe cómo dosificar una información que revela con deliberada –en ocasiones exagerada– lentitud. El tiempo del relato es muy breve, apenas se circunscribe a unas horas en el atardecer de un día de verano. Sin embargo, el de la historia se dilata ampliando la materia novelable, de manera que vamos conociendo retazos de la niñez de la protagonista, de su formación y de las relaciones con su familia, esenciales para entender el sentido profundo del texto.

Un pilar de la obra, que hasta condiciona la información, es el punto de vista centrado en Catalina. A él se une el sabio uso de una tercera persona que salva el escollo de un yo narrador mientras desvía una posible interpretación autobiográfica.

La novela tiene una indudable intención reivindicativa en la que muchas lectoras se verán reflejadas. El personaje odia su cuerpo porque sabe que le impide ser tan libre como un niño, porque la atrapa en sus ciclos, porque provoca miradas y comentarios que la agreden y la humillan, aunque el mundo que se dibuja es en exceso maniqueo.

Pero la lectura va más allá porque sobrenada en el mundo de los adultos, fundamentalmente en las faltas de los padres y en la necesidad de un amor que cobije en la infancia y que proteja después. (Ascensión Rivas)






Sobre las sutilezas del pasado. Sobre los abismos secretos que guardan los personajes con un presente ingobernable. Sobre la relación de ese pasado y presente con un futuro ambiguo y ambivalente que no pudo ser. Sobre un amor de juventud. Sobre la nostalgia que todo lo desgasta. Sobre la historia de un país envuelto por el color gris de una dictadura inacabable. Sobre la maravilla de las frases hechas. Sobre la imposibilidad de poder recuperar el tiempo perdido. Sobre la vida académica en las universidades americanas. Sobre la música clásica y muy especialmente sobre la figura de Pau Casals. Sobre la necesidad imperiosa de salir de España y respirar aires menos nocivos en el país de las oportunidades, Estados Unidos: "Yo no sabía que no estaba aprendiendo a ser americano, sino a ser extranjero". Sobre la amistad perdurable. Y sobre la muerte enferma como horizonte de expectativa imposible.

Con todos estos mimbres y a medio camino entre la memoria y la historia, entre lo colectivo y lo íntimo, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) publica No te veré morir, una ficción trufada de algunos de los ingredientes que han caracterizado toda su obra como son la persistencia por aludir a un pasado que necesariamente debe ser relatado y que siempre es imaginado por confidencias propias y ajenas, una estructura narrativa limpiamente realista en la misma medida en que es intimista y que alude, en numerosas ocasiones, a vivencias personales tamizadas por el paso del tiempo tanto personal como histórico y un fraseo poderosísimo que envuelve al lector en una estructura narrativa arquitectónicamente perfecta.

Con una espléndida oración con la que abre el libro y que ocupa las primeras setenta y tres páginas, oración sinuosa capaz de entremezclar pasado, presente y futuro como si fuera el ambage con el que consigue deslumbrar al lector y que bastaría para hacer de este libro un hito en su carrera, con este "Si estoy aquí y estoy viéndote y hablando contigo, esto ha de ser un sueño" inicia Muñoz Molina la historia entre Gabriel Aristu, director de banco, y Adriana Zuber, profesora de artes plásticas, cuya historia de amor se truncó súbitamente. 47 años después se vuelven a encontrar pero ahora en situaciones muy distintas porque el tiempo ya ha hecho mella en ambos: él, casado con Constance, y ella, en el punto final de su vida en compañía de Fanny pero acechada por el veneno de una enfermedad terminal que entronca con el título de la novela y que reproduce un verso que la uruguaya Idea Vilariño escribió para Juan Carlos Onetti: "No volveré a tocarte./ No te veré morir". Solo en los sueños persistentes de Gabriel, según le confiesa a Adriana, han podido estar en la unión deseada y que no pudo ser ya que las "cosas llegan cuando ya no se desean. Parece que no desearlas es la condición previa para que no lleguen". (Ricardo Baixeras)


A propósito de esta última novela de Muñoz Molina me ha venido a la cabeza esa frase o aforismo sobre la vida que dice: “la vida es lo que pasa mientras te empeñas en hacer otros planes.”

El protagonista -Gabriel Aristu- tiene ese presentimiento, encarna esa idea. Su vida rememorada desde los setenta y tantos, ha estado muy bien, ha sido modélica desde un punto de vista -llamemos convencional. Hombre inteligente, culto, dotado y preparado desde joven para el éxito profesional y rodeado de una familia que lo aprecia. En el otoño de su trayectoria vital siente un íntimo malestar derivado de decisiones tomadas en la juventud (nos vamos a desvelar la trama) que le llevan a pensar y sentir algo así como que su vida no la vivido él, como si fuera un muñeco de un destino que no pudo controlar. No ha vivido, se ha dejado vivir mecido en la comodidad de unos años que externamente le han dado todo: dinero, éxito, familia, bienes, materiales de todo tipo… Sin embargo, lo más auténtico de sí mismo estaba en su juventud y ahí parece que se quedó y que intenta recuperar a través de la memoria, de los sueños y de ese viaje a Madrid al encuentro de Adriana.

La historia paralela de Julio Maíquez aporta a la novela un enriquecimiento de la trama que vuelve a abundar en lo azaroso de los destinos humanos y en el papel del dolor, la ternura, el amor y el paso del tiempo en la vida de cualquier mortal; todo ello con la prosa rítmica y la precisión léxica habitual en la escritura de Muñoz Molina. (Jesús Gómez)






'El problema final', la novela enigma de Arturo Pérez-Reverte: un libro magnífico y redondo



Parte Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) en El problema final de un modelo narrativo clásico, el lugar cerrado donde se comete un delito que nadie ajeno a ese espacio ha podido llevar a cabo. Tal circunstancia propicia un rosario de conjeturas cuya exploración y esclarecimiento constituyen el meollo de la conocida como novela enigma, la más pura y para muchos la más exigente variante de la literatura de suspense y criminal.


Pérez-Reverte inventa un caso semejante a lo dicho. Una de las nueve personas que se alojan en el familiar hotel de una mínima isla griega, Utakos, se suicida, pero algunos indicios apuntan a un asesinato. Un temporal mantiene varios días el lugar aislado e impide que acuda la policía desde la cercana Corfú. Entre los huéspedes se encuentra el actor británico Basil Rathbone, ya en cierta decadencia profesional, pero famosísimo en el momento de la acción, el verano de 1960, por sus múltiples interpretaciones de Sherlock Holmes. La gente del hotel le pide a Basil que haga unas pesquisas preliminares.

Lo acepta y con él colabora otro huésped con quien ha intimado, el español Paco Foxá. Así, ambos duplican en la ficción la pareja Holmes-Watson creada por Conan Doyle. Se producen dos nuevos asesinatos. En fin, la novela desmenuza la intrincada investigación, de la que sería impertinente dar aquí detalles.


En cuanto novela criminal y de enigma, Pérez-Reverte hace un trabajo magnífico, completo, redondo, que responde con plenitud a todas las exigencias del género. Encadena incógnitas, tuerce varias veces el rumbo previsible de los sucesos, siembra dudas, llega a convertir a la propia pareja de sedicentes detectives en sospechosa, apela desde dentro del relato a la credibilidad del lector…


El resultado de la trama anecdótica no puede ser mejor. Ya podemos suponer, sin embargo, que Pérez-Reverte no se va a limitar a montar una historia absorbente que nos mantenga pendientes de los vaivenes de los sucesos. Sin minusvalorar este alcance, la novela va añadiendo capas a la cebolla central. De tal modo, es mucho más que una novela-enigma.


Ante todo, encontramos un cumplido ensayo abundante en datos y observaciones sobre la novela criminal en el que el conocimiento y análisis del género se vierte no en abstracciones y generalidades académicas sino en materia inmediata y viva del propio relato. Tirando por elevación, El problema final también contiene apuntes notables sobre la invención literaria, la vida en la literatura y viceversa.



Verso suelto', de Use Lahoz: un reto irresistible


El escritor reparte la acción en varios espacios de Barcelona, donde dialogan la complejidad urbana y las brechas sociales de la gran ciudad

Con cada nuevo libro, Use Lahoz (Barcelona, 1976) se afianza como narrador experimentado. La estación perdida, Los buenos amigos y Jauja son, quizá, los que van asentando un estilo que merece especial consideración por varias razones. En primer lugar, porque con cada nueva propuesta reafirma una poética asentada en la tradición del realismo para, desde sus postulados, explorar nuevas maneras de mirar la realidad individual sin dejar de incluir la complejidad de lo colectivo.

Siete novelas le avalan, y esta última, Verso suelto, es, en este sentido, un nuevo y asombroso reto al que será difícil resistirse. En segundo lugar, porque trabaja con firmeza las tres fortalezas que sostienen sus novelas. Una historia fundada en un argumento minuciosamente elaborado, que sirve para contar otras muchas.

La sostiene en un colectivo de individualidades que constituyen el universo que alienta los conflictos de la trama. Y conduce el ritmo y los vaivenes del planteamiento temporal con tal acierto que, a base de juegos que insinúan lo que sucederá y lanzan guiños sobre lo ya vivido, impulsa a no desatender nada de cuanto tiene lugar en ese ecosistema narrativo.

Y una tercera razón atañe a la cuidada arquitectura del entramado novelesco, donde lo complejo se ofrece con sencillez, donde situaciones aparentemente desvinculadas alcanzan un punto de reunión y sentido en lo que acaba por resultar una composición troquelada y perfectamente aderezada para trasladarnos el tejido social, urbano y humano de lo que en ella se trata.


Verso suelto es la ocasión que permite evidenciar las tres razones. Para empezar, las referencias espaciales y temporales añaden significado a la intención de lo narrado. Lo que aquí cuenta abarca muchas vidas entre los años 1992 y 2019, y reparte la acción en varios espacios que dialogan entre ellos: la complejidad urbana y las brechas sociales de la gran ciudad; la parte alta de Barcelona es el escenario donde tiene lugar el incidente inicial que hará cambiar la vida de la familia de Sandra Martos de un día para otro, la pieza suelta que asaltará ocasionalmente la acción hasta hacer encajar finalmente el conjunto.

Repleta de referencias, 'Verso suelto' es una gran novela sobre desapegos vitales y apegos feroces

Hospitalet es el barrio, “otra arquitectura, otro pulso y otra jerga”, la vida de la que la protagonista querría mudarse. Y un tercer escenario, como punto de fuga, Valdecádiar, la aldea aragonesa imaginaria reiterada en las novelas del autor.

Para continuar, el argumento narra la peripecia emocional de Sandra desde el verano de sus catorce años, un verano que lo cambiará todo en su vida. Peripecia que abarca cuatro tiempos correspondientes a cuatro momentos vitales (adolescencia, vida universitaria, bandazos emocionales y precariedad laboral, la temida vida adulta), que alcanza a la familia, a los amigos, al descubrimiento de la inclinación sexual y las relaciones más personales.

Peripecia además cuya épica consiste en poner el enfoque en la realidad inherente al oficio de vivir: el proceso de cambios y pérdidas desde los que va descubriendo cómo vuelan las verdades aprendidas, cómo surgen nuevos refugios, cómo nada es siempre como lo recordamos cuando empezó.

Para terminar, si esta historia la leemos es porque su final es su principio, como en las novelas de Jane Austen, porque ha habido una herida (“sin herida no hay arte”) y hay que “dar salida a la desdicha”. Pero eso será más tarde. Durante la novela vamos de un lugar a otro, de un punto de vista a otro, de un cambio a otro (de rumbo, de país, de pareja, de amigos, de barrio,…). Vamos del cine a la literatura. De lo emocional a lo social. Es una historia repleta de interesantes referencias que suscitan numerosas reflexiones. Y es además una gran novela sobre desapegos vitales y apegos feroces.





La noche en que María Broto termina su función en el teatro Lliure, encarnando a Luiba Andreievna, de El jardín de los cerezos, de Chéjov, nunca imaginó el vuelco que daría su vida cuando alguien viene a removerle su pasado. Ese día, la vida de María, en la cuarentena, da un giro. Es como si de repente ya no hubiera futuro para ella. Todo está escrito en su pasado. María Broto es una de las protagonistas de Jauja, de Use Lahoz (Barcelona, 1976).

En esta novela cuesta trabajo hablar de un protagonista. Cada personaje que aparece pone su protagonismo vital en un engranaje que parece abarcar no solo un pueblo remoto (y ficticio) de Aragón y la ciudad de Barcelona, sino casi el mundo y la vida enteros. Al lado de María es imprescindible Rafael, el antiguo niño pueblerino que miraba el transcurrir existencial de Valdecádiar y el portador de la porción de vida que hasta ese momento María ignoraba. Luego está, como pegado a su piel, Teodoro, el hombre que se hace cargo de María de niña. Y los padres de Teodoro, el ingeniero Pablo Peñalver, tan determinante en esta historia, y Vidal, el actual marido.

Todo transcurre entre Valdecádiar (que ya aparecía en La estación perdida, 2016) y Barcelona. Entre un mundo rural decrépito y desesperanzado y las ilusiones que despierta la ciudad, la novela de Lahoz hurga en los remordimientos de los inevitables males que se hicieron a quienes más se quiso o más se merecieron. Jauja es también la novela de la sordidez y la estigmatización social. Y como para mí Lahoz sigue la ruta balzaciana de obras anteriores, diría que Jauja es irónicamente un libro sobre las ilusiones perdidas.

Leí esta novela sin poder abandonarla ni un instante. Su voz narradora tiene mucho que ver. Es una voz que ve, recuerda, guía y toma la palabra cuando sus personajes no la encuentran. Lahoz sigue fiel a su poética narrativa, el realismo. Un realismo asumido a conciencia y sin complejos. Yo hablo de Balzac, también se podría citar a Zola. Y al mejor Cela. Y al maestro Delibes. Y claro, Chéjov. Que la vida no es jauja, ya lo sabíamos. La cuestión era contarnos su porqué con la convincente madurez estética con que nos lo narra Use Lahoz. (Jorge Ernesto Ayala-Dip)


Jauja apareció en 2019 pero aprovecho para citarla aquí e incluir una reseña ya que nos hemos referido a Verso suelto (2023) en la reseña anterior.

De paso, podríamos citar también Los buenos amigos (2016) un magnífico novelón de Use Lahoz que completa las otras dos novelas reseñadas. En general toda la producción de este novelista tiene una calidad más que notable, pero estas últimas tres novelas son extraordinarias y lo confirman como un narrador al que merece la pena leer y disfrutar.

Jesús Gómez





ANOXIA (MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ). Madrid, Anagrama , 2023, 280 pp.

 

El escritor regresa con una espléndida novela, 'Anoxia', en la que la protagonista debe mirar de frente a la muerte para salvar la vida

 

"Anoxia" es un vocablo tomado de la biología cuyo significado, según el Diccionario de la Real Academia Española, es "falta casi total del oxígeno en la sangre o en tejidos corporales". La palabra, a su vez, remite al término médico "hipoxia", que equivale a "déficit de oxígeno en un organismo". Anoxia es, además, el título elegido por Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) para encabezar su última y (hay que decirlo desde el principio) excelente novela, una cabecera muy lograda por su valor metafórico sobre diferentes hilos de la anécdota.

Profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, Hernández es autor de relatos, dietarios, ensayos, así como de varias narraciones entre las que destacan Intento de escapada (2013), El instante de peligro (2015) o El dolor de los demás (2018), las tres laureadas con premios y elogiadas por la crítica. Sus obras relatan anécdotas concretas, en ocasiones sobre hechos del pasado, la memoria y el olvido; y en ellas se debaten temas como la enfermedad, la vida, la muerte, el pecado o la culpa tratados con honestidad, desde una perspectiva muy humana y con una sensibilidad que puede calificarse de ética.

La trama y el sentido de Anoxia se elabora formando un sistema de capas. En primer término, se cuentan unos acontecimientos vinculados a la fotografía, más concretamente al retrato de cadáveres. Pero en estratos más profundos, aunque perceptibles desde el primero, se observa la historia de una mujer, viuda, que se abandonó tras la muerte de su marido, sucedida diez años atrás.

La anécdota, además, tiene lugar en un territorio, el Mar Menor, azotado por danas cada vez más feroces (algunas debidas a la naturaleza y otras a la acción humana) que convierten ese emplazamiento privilegiado del Mediterráneo en un espacio devastado, donde la muerte de peces por falta de oxígeno y el terrible olor a ciénaga amenazan con transformar el paisaje y presagian un futuro incierto.

La vida de Dolores Ayala, aletargada tras el fallecimiento de su esposo, da un vuelco cuando conoce a Clemente Artés, un elegante anciano que le propone retratar a un difunto el día de su entierro y cuyo máximo deseo es recuperar la antigua tradición de la fotografía post mortem. Tras su aceptación, Dolores empieza a apreciar un trabajo lento, hecho con el mimo de lo artesanal, que le permite recuperar el tiempo y contemplar la realidad con ojos renovados. Porque en su trato con el fotógrafo Artés aprende a respetar a los muertos y a los vivos, a estimar el dolor ajeno y el propio, y a experimentar una reconfortante actitud de respeto.

Por medio de esa vida, que curiosamente se recupera muy cerca de la muerte, Dolores Ayala se explica su pasado, que no era tan placentero como parecía, y aprende a liberarse de unas ataduras que la aprisionaban mucho antes del accidente mortal de Luis, su pareja.

La historia, escrita con sencillez, está muy bien contada, y va revelando su profundidad con lentitud, a medida que el arte de retratar y la relación con Artés ayudan a la protagonista a despojarse de las distintas envolturas que, a modo de coraza, ocultaban su yo interior.

Hay en Anoxia un gusto por los paralelismos, una sensación de calma, un cuidado por hacer las cosas bien y una reflexión constante sobre la vida y la manera de mirarla, sobre las mujeres y su forma de descuidarse (la focalización sobre Dolores Ayala resulta absolutamente pertinente y verosímil) y sobre los hombres y su manera de observar y de querer; sobre el dolor de vivir y el dolor de ver morir también. Y un misterio que tarda en desvelarse y que descubre una verdad trascendente. Espléndida novela. (Ascensión Rivas)



Una pareja joven recala en un pueblo casi perdido con su hija de cinco años. Allí tratan de recomponer sus vidas, en pausa tras un fatal accidente del que el hombre fue responsable. Sin embargo, el lugar no les da la paz que esperaban porque les resulta inhóspito, de ambiente enrarecido y turbador.

Así mismo, el trato con los vecinos es poco cordial: están ofuscados con secretos que les han agriado el carácter y han minado la convivencia entre ellos. El hombre lo sabe bien porque parte de su infancia transcurrió en ese lugar, el espacio original de sus mayores. En el pasado, además, el pueblo sufrió la fiebre del desarrollismo, como refleja su desolador paisaje: una central nuclear desmantelada, zonas residenciales inacabadas y en ruinas, una ciudad del ocio que solo existió en carteles ahora anticuados y descoloridos…, en definitiva, anuncios de crecimiento y progreso finalmente fracasado. Pero, por encima de todo, destaca el pantano, una masa oscura y tentadora bajo cuyas aguas se esconde una antigua necrópolis y una aldea que quedó anegada tras su construcción." En 'Vibración', José Ovejero aborda temas como la violencia secular, el vacío de la juventud y el miedo".

La novela consta de varias partes, enmarcadas por dos narraciones breves, perfectamente simétricas, que abren y cierran el núcleo central, confiriéndole una estructura circular que simboliza el eterno retorno. La primera, de carácter fragmentario, recoge relatos cortos sobre diferentes individuos enraizados en el pueblo y muestra el estancamiento de un lugar sin futuro, incapaz de proporcionar esperanzas a unos jóvenes cuya existencia se diluye en la nada. La segunda se focaliza en la familia de forasteros que se instala en la localidad y que, a medida que pasa el tiempo, advierte el efecto pernicioso de esa atmósfera inquietante y malquistada.

El escritor teje su discurssobre la base de obras fundamentales de nuestra literatura, desde el Lazarillo hasta En la orilla, pasando por Pascual Duarte o El Jarama. Todo está ahí –connotando sentidos– como reflejo de nuestra historia, mezclado y original, plural y único, impecablemente ensamblado. En la parte centrada en el grupo foráneo el relato se tiñe de misterio. Es entonces cuando el pantano cobra mayor protagonismo, con sus rumores y su oscuridad atrayentes; con sus enigmas perpetuos que compiten con las incógnitas de los vecinos; con sus sombras, sus seres fantasmagóricos y las ánimas de los que sufrieron una realidad tormentosa.

En Vibración, José Ovejero aborda temas como la violencia secular, la convivencia en el mundo rural, las culpas y los odios que se transmiten entre generaciones, la falta de expectativas vitales, el vacío de la juventud, la frustración de la adultez, el miedo, la atracción de los abismos, las ruinas personales, la carencia de afectos… Y la resistencia vibrante de un hombre y una mujer como origen de la vida y única certidumbre. (Ascensión Rivas)



 Luis Landero, La última función

 

Un tópico sostiene que los autores siempre escriben la misma obra. Este lugar común contiene un velado juicio negativo que insinúa un déficit de creatividad y una caída en la rutina. Mas no tiene por qué entenderse así. También puede suponer el reconocimiento de una perseverante manera de ver el mundo, de una fidelidad a un modo esencial de concebir y recrear la vida. En este sentido positivo, pocos autores habrá a quienes quepa aplicarles la etiqueta como a Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948).

Landero fundó hace ya siete lustros su personal terreno literario con su magnífica primera y sorprendente novela, Juegos de la edad tardía. Lo revalidó con firmeza pasados solo unos pocos años en Caballeros de fortuna. Y desde aquellas obras seminales no ha hecho sino ampliarlo y consolidarlo en una decena más de títulos de cadencia reposada y regular, y bien acogidos por lectores y crítica.

Esa ópera prima abordaba las ilusiones humanas. Dicha querencia genérica tiene en Landero la dimensión de conflictos íntimos no desgarradores que se muestran con una mirada compasiva, con sólido y comprensivo afecto del autor hacia sus personajes, salvo en la reciente Lluvia fina, novela amarga y oscura donde se impone la desgracia y la degradación. Fue este libro desolador un paréntesis ocasional y hoy vuelve Landero por sus fueros en La última función.

Continúa con su gran tema, leitmotiv de su mundo literario, el apremiante logro de las ilusiones, que aquí, en una historia que bascula entre la verdad y los espejismos, se saldará con la trasmutación de las vidas de los dos principales personajes, hasta el momento vanas y tristes y a partir de ahora galvanizadas de cara al futuro.

Regresa, además, a este leitmotiv de su mundo literario con una aproximación del todo cervantina. Por la empatía con que los mira y porque los pone en una situación del todo quijotesca. Si al hidalgo manchego los libros le cambiaron su vida de rentista rural, a los protagonistas de esta novela se la cambia la pasión por el teatro.

La última función es una novela de cierta amplitud coral habitada por un buen número de personajes que, como suele ocurrir en el autor, tienen el valor de proporcionar una materia humana sugestiva y curiosa. Se sitúan en dos ámbitos. Unos, en la ciudad, Madrid. Otros, en un medio rural, San Albín o Montealbín, un imaginario pueblecito de la sierra pobre madrileña, lindante con Guadalajara y Segovia. Aquellos representan los modos de vida urbanos corrientes. Los otros, poco más que una panda residual de vecinos, personifican la vida desalentada de las localidades campestres en proceso de extinción.

De nexo entre ambos ámbitos sirven los protagonistas, Tito y Paula, quienes, cada uno por su cuenta, a propósito o por azar, se desplazan de la capital a San Albín. Ernesto Gil Pérez se ha dedicado profesionalmente en Madrid a regentar una gestoría heredada. Sin colmar un insólito prototipo de gestor bohemio, se ha contentado con sortear el comecome de su comezón artística por el teatro, con lograr pequeños éxitos y alimentar en su alma el fuego del arte.

Paula, indecisa acerca de su destino profesional (duda nada menos que entre estudiar Veterinaria o Bellas Artes, o ser actriz o periodista), padece en su fuero interno por haberse convertido en contra de sus deseos íntimos en empresaria y mujer de acción y por una relación sentimental nada gratificante. En suma, dos descontentos o desilusionados que mantienen viva su fe en una existencia ideal y a quienes el encuentro fortuito en el pueblo les abre unas renovadas expectativas.

Esta posibilidad, unida a una previsible historia de amor, se produce al implicarse ambos en la recuperación de un viejo rito, la representación dramatizada colectiva de la leyenda de la Santa Niña Rosalba. El antaño famosísimo espectáculo ha sufrido la carcoma del tiempo pero Tito, con la ayuda de la presunta famosa actriz Paula, se propone rescatarlo. Lo hará por las vivencias infantiles que le despierta y porque será un modo de regenerar en lo económico el abatido pueblo. El plan despierta el entusiasmo de las autoridades y del vecindario y se lleva a cabo con éxito.

Tras esa última función de los protagonistas a la que alude el título del libro se abrirá un presumible tiempo nuevo. Semejante ideación genérica se beneficia de una marca de actualidad de corte realista. Es un acierto de Landero vincularla a un motivo tan urgente como el de la llamada España vacía.

A lo mucho que se viene escribiendo en nuestra ficción sobre la decadencia irremisible de la sociedad agraria le aporta Landero, además de una atractiva y divertida trama argumental, la original perspectiva de un relato popular, un cuento que se narra en voz alta, una especie de los también desaparecidos filandones que convocan a los oyentes para narrarles cómo sucedieron las cosas entre el invierno y la primavera de 1994 tras que Tito llegara a San Albín y entrara al bar restaurante Pino a tomar algo.

Este detalle costumbrista se despliega como una fábula en la que debemos sospechar que bajo la capa del narrador portavoz de los testigos se esconde el propio Landero y de este modo le da cercanía y cordialidad a los sucesos.

Tito y Paula repiten situaciones y dilemas habituales en la narrativa de Luis Landero. En sus obras se reitera un término que las sintetiza, “afán”, con el sentido de deseo intenso o aspiración de algo. En La última función no falta este mot clef, que justo aparece en la última página del libro, pero aquí se sustituye por otra palabra, “sueño”. La encontramos bastantes veces y alcanza el valor de símbolo de una peripecia humana esencial. A ilustrarlo una vez más dedica Landero esta nueva novela, y lo hace con una declaración sorprendente por lo explícita.

Ese narrador que es su alter ego explica que hay muchas historias que cuentan siempre la misma historia: “el caso singular de un vano intento, de un sueño que tarde o temprano acaba desembocando en la inmisericorde realidad, con todo lo que eso tiene de heroico, de lastimoso, de inútil, de cómico, de trágico y hasta de ridículo, según el sueño sea o no más fuerte y verdadero que la realidad misma”.

A qué fin, pues, podemos preguntarnos, ¿volver a contar esa historia, volver a dedicarle una novela? Landero lo justifica y se justifica: “aunque se trata de un asunto viejo, resulta siempre nuevo, porque cada vida humana lo hace suyo, como si fuese cosa de estreno”.

Landero es siempre un escritor solvente y un narrador interesante. Brilla también en esta última novela suya una prosa minuciosa y precisa, de amplio fraseo sintáctico y con la riqueza léxica que muestra su gusto por las largas enumeraciones.

Los protagonistas seducen por su ambivalencia entre el desamparo, la actividad frenética y las vanas ilusiones, y nos agarran y emocionan con la vivencia de ese primordial anhelo de nuestra especie que consiste en pretender un mundo mejor. Las aventuras narradas divierten por el humorismo que las colorea. La última función amplía el bien reconocible universo Faroni con una aventura campestre bastante loca. ( Santos Sanz Villanueva)


Esta novela es una mezcla de trama criminal y novela histórica. Está ambientada en Salamanca en la Navidad de 1905 y recoge algunos hechos que tienen un trasfondo histórico real. Refleja algunas tensiones sociales de la época: despoblación rural causada por el acoso de cierta oligarquía que se apropiaba de la tierra para destinarla a pastos y cotos de caza, corruptelas políticas y caciquismo arraigado hasta el tuétano en una sociedad apestosamente conservadora. Da cabida también al enfrentamiento de clases y a la lucha y reivindicaciones protagonizadas por el sindicalismo emergente.En el desarrollo argumental tiene un papel protagonista la figura de Miguel de Unamuno, que se constituye en detective aficionado y que investiga varios asesinatos siguiendo el ejemplo de Sherlock Holmes, detective a quien admira y cuyas aventuras lee a escondidas.

La trama está bien hilvanada. Asimismo, la figura de Unamuno está correctamente caracterizada y la ambientación bastante lograda. En todo caso hay una división muy tajante entre unos personajes buenos, honestos y de gran rectitud y otros perversos y malvados al extremo. Los diálogos en alguna ocasión también parecen algo artificiales e impostados, pero globalmente la novela me merece una valoración positiva. Los hechos narrados se siguen con interés y la calidad de la prosa es notable. Esta narración inaugura un ciclo de novelas en las que Miguel de Unamuno constituido un detective aficionado, resolverá algunos casos, suponemos, ambientados en la época en la que vivió en Salamanca. (Jesús Gómez)




En el corazón narrativo de esta novela todo es ausencia. Una ausencia irreparable y clamorosa, la de Nuco, el niño del título, muerto a sus seis años. Fue una de las 50 criaturas que, en 1980, perdieron su vida en una explosión de gas propano en el colegio público Marcelino Ugalde del pueblo vizcaíno de Ortuella. Cincuenta en un pueblo de unos 8.000 habitantes es un inconmensurable desmoche del futuro comunitario y una devastadora inundación de tragedias familiares cuya magnitud escapa a las posibilidades expresivas de la literatura. ¿Cómo se cuenta, cómo se novela algo así? Aramburu ha debido cavilar mucho sobre esta pregunta que hurga en las fronteras de lo literario y su respuesta está implícita y articula El niño: limita el foco a una de aquellas tragedias abordándola como caso y, a la vez, como metonimia de la hecatombe colectiva.

Es, en definitiva, el método que ha seguido en el ciclo Gentes vascas, en el que se inscribe esta obra y del que forman parte los cuentos Los peces de la amargura (2006) y las novelas Años lentos (2012) e Hijos de la fábula (2023). Pero si estos tres títulos gravitaban en torno al terrorismo vasco (la fractura y envilecimiento de la sociedad, los orígenes de ETA, el doctrinarismo rebañego de los militantes), aquí el eje se desplaza al infortunio puro e involuntario, el de un accidente que conmociona y destruye cientos de vidas.

La familia que elige Aramburu tiene solo tres miembros, lo que le permite atender las consecuencias de la pérdida en cada uno de ellos: Mariaje, la madre; José Miguel, el padre; y Nicasio, el abuelo. Uno de los riesgos de contar tales consecuencias es el patetismo, la sobrecarga de emociones o, en el peor de los casos, la verbosidad lacrimógena, con sus variantes lírica y dramática, no siempre desafortunadas (baste recordar Mortal y rosa, de Francisco Umbral). Otro, cuando el acontecimiento traumático es real, consiste en hacer prevalecer el artificio literario sobre la representación veraz y respetuosa de lo ocurrido. Hay que decir que Aramburu esquiva ambos peligros y consigue que su relato discurra con sobriedad y decoro sin perder en la maniobra de contención la capacidad para penetrar en el lector y conmoverlo. Para que ello sea así, hay otra decisión técnica importante, la de narrar lo sucedido desde dentro, a través del testimonio de Mariaje, que confía sus recuerdos y emociones al autor, y también desde fuera, a través de un narrador externo que actúa como reportero. La narración oral de la madre se alterna con la más literaria de este que, si bien la complementa y contrapuntea, también se contagia de cierta oralidad (y hasta de algún que otro giro).

La historia que esas dos voces van armando, como si añadieran sin prisa las teselas de un mosaico cuyo dibujo solo se revela al final, muestra la expansión de una desdicha que alcanza a todos los que quisieron al pequeño Nuco. Resulta conmovedor el abuelo que, para no enloquecer, resuelve mantenerse mentalmente al lado del nieto muerto, no solo visitándolo a diario en el cementerio sino haciendo de él su interlocutor silente e incluso reproduciendo en su propio domicilio la habitación del nieto. Pero su figura es también la más previsible y sirve de contraste con las de los padres, entregados torpemente (cómo si no) a superar un duelo insuperable.

 

Domingo Ródenas de Moya




Es posible que, por la potencia de su premisa argumental, el lector crea intuir en qué tipo de novela se va a sumergir. Y, efectivamente, Los alemanes versa sobre los descendientes de los alemanes de la colonia de Camerún que, en 1916 y al caer frente a los aliados, se entregaron a las autoridades españolas de Guinea y acabaron asentándose, entre otras ciudades, en Zaragoza. Pero, además y sobre todo, Sergio del Molino (Madrid, 1979) nos ofrece un texto muy elaborado sobre la identidad, el peso (y el embellecimiento) del pasado, las diferencias de clase y la herencia de los pecados de nuestros ascendientes que está construido con el material del que está compuesta buena parte de la mejor novelística contemporánea: el conflicto familiar.

La novela nos presenta a la otrora acaudalada familia Schuster justo tras la muerte prematura de uno de los tres hermanos, Gabi, que había sido toda una estrella del punk internacional. Si bien los protagonistas son los dos hermanos que quedan, Fede, un taciturno y poco ambicioso profesor de la Universidad de Ratisbona, y Eva, una exitosa política municipal a punto de dar el salto a mayores responsabilidades, hay otros dos protagonistas in absentia: el padre Juan Schuster, que ya no habla y se encuentra en un estado casi vegetativo, y el propio Gabi, que, por referencias, nos da el contrapunto más sardónico, provocador y humorístico.


Habilidad narrativa


El texto está escrito en primera persona, pero cada capítulo desde el punto de vista de un personaje. Con gran habilidad narrativa, Del Molino consigue enhebrar la descripción, el monólogo interior, la acción y los diálogos de una manera fluida y natural. Pero, además, en tanto que el pasado es un asunto fundamental en este libro, el autor se las arregla para introducirlo de un modo muy orgánico -a veces nostálgico, a veces tormentoso- y que sirva como pincel preciso para dibujar tanto a los personajes como a toda la comunidad.

También para acentuar el conflicto identitario (ser alemán y español y no ser ninguna de las dos cosas en plenitud), el novelista trufa cada pensamiento de los protagonistas con numerosas expresiones y referencias en alemán que, si bien extrañan un poco al lector en los inicios, se acaba asimilando como algo consustancial a la naturaleza de los personajes. 

Aunque los diálogos, a menudo brillantes, están muy cargados de conversación cultural, de literatura, historia y filosofía, es la música la que ocupa la mayoría de las múltiples referencias que encontramos en Los alemanes. Está profusión de conversaciones en torno a la cultura se percibe, más que como una característica definitoria de la idiosincrasia de los personajes, como un efecto de su propia dificultad comunicativa. Esto está más exacerbado en algún personaje como en el de la madre, ya muerta, que se representa como lánguida y pusilánime pero que entraba en éxtasis en los conciertos y era una melómana, devota del romanticismo alemán. 

Si bien la novela ya es hipnótica hasta sus cien primeras páginas y nos deja sumidos en esa atmósfera de ensimismamiento de una comunidad, en las complejas relaciones familiares de la familia Schuster y en el suspense creado por la aparición de dos turbios personajes que amenazan con sacar a la luz oscuros secretos familiares si no se aprueba la construcción de un nuevo estadio de fútbol, a partir de ese momento multiplica su intensidad, pero no se puede explicitar para no malbaratar la experiencia del lector. 

Los alemanes, Premio Alfaguara, desmiente que los galardones se den siempre a las obras de mejor deglución para los lectores. Es la novela más arriesgada de Del Molino. Y la mejor. Uno cierra el libro y sigue paladeando esos diálogos punzantes, casi sorkinianos, y sintiendo afecto por esos personajes ariscos pero sensibles. 

Malcom Otero Barral



Coincide la publicación del nuevo libro de Clara Sánchez (Guadalajara,1955) con su discurso de ingreso en la RAE. Gran conocedora del oficio de escribir, representa un estilo al que nunca le faltarán adeptos: tramas ágiles e intrigas asaltadas por giros inesperados.Su nueva novela, Los pecados de Marisa Salas, una fábula con tintes satíricos sobre el mundo literario, juega con sus mejores armas, pues se trata de una novela de acción y personajes, de suspense y entretenimiento, una réplica imaginativa, llevada hasta el delirio, de la realidad que respalda el éxito. Para no desvelar demasiado se puede adelantar que su estructura se aproxima al esquema de planteamiento, nudo y desenlace. Comienza con una detallada presentación de los tres personajes principales que sostienen la acción.

La protagonista es la propia Marisa Salas, profesora, sesenta años cumplidos, autora de una novela (Días de sol) que treinta años atrás pasó sin pena ni gloria. Ese año 1989 el editor prestó todo su apoyo a Carolina Cox, la escritora de éxito que sigue ocupando los primeros puestos de ventas, aunque desde hace unas semanas se lo ha usurpado un escritor novel, Luis Isla, con la novela Los sueños insondables. Marisa repara en ella de forma casual y no da crédito: Los sueños insondables es la que ella escribió en su día.Sobre las voces de Marisa y Luis pivota la trama, mientras que sobre las motivos de Luis y el afán de venganza de Marisa se sostiene la intriga, que se traslada al lector en forma de necesidad de respuestas: ¿cómo demostrará su impostura si no existe copia? ¿Cómo obtendrá beneficio de ello? Algunas de las mejores páginas de sus respectivas intervenciones son las que van abriendo posibilidades inauditas para que la farsa crezca en interés y en retorcimiento, a lo que contribuye la incorporación de personajes secundarios sobre quienes pesa cierta carga de histrionismo que resta verosimilitud al conjunto.

Lo más interesante de este entramado de locura está en sus reflexiones no explícitas sobre la impostura, la dignidad, la culpa, la ambición. Y lo más logrado, sin duda alguna, es el modo de mantener expectación hacia un desenlace que juega bien su baza final, sin omitir la posibilidad de imaginar nuevas situaciones en esta personal versión de la hoguera de las vanidades. 

 

Pilar Castro


Maltratos, brutalidad e injusticias: las peripecias de la soprano que protagoniza la novela de Carme Riera

La escritora y académica pergeña una densa historia psicológica en la que una cantante sobrevive a terribles experiencias vitales durante su infancia.

 

La historia de la literatura ofrece un amplio repertorio de narraciones que responden a un esquema anecdótico básico: alguien se halla en una situación muy especial y dispara una indagación existencial que le lleva a explorar oscuras raíces de su identidad. Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) acude a este nudo argumental como soporte genérico de Una sombra blanca y sobre esa idea seminal desarrolla una densa historia psicológica. Para ello, y con implícita adhesión a los grandes relatos clásicos, imagina un personaje en el que encarna muy duras experiencias vitales.

Se trata de una soprano negra famosísima, Bárbara Simpson, cuya vida es ejemplo de superación de terribles peripecias vividas en la infancia y adolescencia. Para mostrar en toda su intensidad este carácter, Riera lo presenta primero en una circunstancia excepcional y desde ella lo lleva hacia el pasado. Ocurre esa ocasión especial con motivo de una función de ópera en la que la diva enmudece, padece un infarto, pierde el conocimiento y sufre un episodio de ECM (experiencia cercana a la muerte). Así que decide tomarse un descanso "satánico", como bautiza con humor el tiempo de asueto.

Por sugerencia de un psiquiatra, la cantante emprende una revisión global de su pasado remoto que abarca su niñez en un medio racista de Estados Unidos y la primera adolescencia en Mallorca, adonde acompañó a su padre, músico de jazz. Episodios fuertes soporta Bárbara en uno y otro sitio y momento.

Despliega en ello Riera una generosa inventiva anecdótica que se constituye en un gancho fundamental de una novela que tiene en ese cultivo de incidentes llamativos buena parte de su razón de ser. A favor de este propósito funcionan varios datos ciertos (personas y lugares reales). Tal recurso proporciona a la traumática peripecia inmediatez y proximidad al lector. A la vez, la historia se recubre con una intensa imaginación moral que trasciende los escalofriantes percances.

La exploración psicológica va presentando rasgos secretos de la protagonista hasta formar un bucle de vivencias que remiten a un grave conflicto del alma, un lacerante sentimiento de culpa. De modo que una historia bastante naturalista de maltratos, brutalidad e injusticias se eleva hasta una reflexión sobre las raíces profundas del comportamiento humano; hasta una fábula de alcance antropológico en la que entran en juego tanto los hechos como las convicciones.

El final de Una sombra blanca adquiere insospechada dimensión filosófica. La zozobra inicial sobre la vida y la muerte desemboca, con un trazado circular, en el máximo conflicto existencial, qué ocurre después del óbito. No le da Riera una respuesta simple. Apela a las creencias de diferentes religiones y abre una desasosegante puerta al misticismo y lo paranormal. Además, rinde tributo a la fuerza telúrica de la naturaleza, visible en el magnetismo mágico de la montaña que preside el escenario balear de la acción como un Dios amparador.

Carme Riera dispone una concienzuda técnica narrativa al servicio de una historia compleja. La ameniza incorporando una auténtica novela criminal y policial. Y una polifonía de voces y testimonios la reconstruyen: los de la soprano, su familia, la secretaria y la propia Riera, que tiene un destacado papel. Por medio de este despliegue formal, la angustiosa carga metafísica de la novela no resulta pesada ni mortecina porque, paradojas de la literatura, se presenta en un relato vivaz y ameno.

(Santos Sanz Villanueva)


Hace cuarenta años se publicaba «La ternura del dragón» (1984), la primera novela de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960). Con ella se le incluía en ese impreciso cajón de sastre que fue la denominada Nueva Narrativa Española, junto a Julio Llamazares, Alejandro Gándara, Javier García Sánchez y Adelaida García Morales, entre otros escritores. Durante estas décadas ha desarrollado una sólida trayectoria narrativa, adscrita a un realismo crítico teñido de arraigada sensibilidad y lúcida sencillez.

Con un claro tono de balance vital y literario publica ahora «Ropa de casa», autobiográfica novela de evocaciones familiares, crónica del aprendizaje de escritor, meditación sobre el poder de la escritura, y panorama de modas, eventos, incidencias y personajes vividos desde el tardofranquismo y la Transición hasta nuestros días. Se abre el volumen rememorando el entorno familiar con padre militar muerto prematuramente, madre de mantenida viudez, sensible y emprendedora, y ancestros de entregada militancia carlista, sin faltar el bullicioso ambiente hogareño; y años escolares en colegio religioso, en que convivían autoritarios métodos educativos con un renovador sistema de mayor liberalidad. Se evidencia así que en la España de los sesenta y setenta del pasado siglo se hermanaban un ayer anticuado y caduco con un esperanzado futuro modernizador: «Vivíamos en un mundo viejo: los carros tirados por mulas, las cajas de arenques puestas al sol, las oscuras carbonerías, los repartidores de hielo, que, cubiertos con una gruesa capa de arpillera, parecían sayones. Vivíamos en un mundo viejo, pero el futuro estaba a la vuelta de la esquina».

Algunos objetos funcionan como desencadenante del recuerdo, como la desaparecida pistola del padre, o el reloj de bolsillo heredado del mismísimo pretendiente Carlos VII; un recurso este que incide, dentro del marco realista, en un acertado simbolismo narrativo. Entre la ternura y el lirismo, sin morbosidad y con desparpajo, se detallan las vicisitudes de la recordada adolescencia, como cuando el autor vio por primera vez una mujer desnuda en una de aquellas revistas del «destape». Destaca su juvenil admiración hacia el surrealismo, teniendo a Buñuel como referencia; ya universitario, un día lo vería pasar por la calle, envejecido aunque con impetuoso andar; no se decidió a abordarlo, pero esa imagen le acompañará para siempre: «Fui incapaz de decirle nada. Me limité a detenerme y a verle pasar. Cuando al cabo de unos instantes lo perdí de vista entre la gente, fui consciente de que el recuerdo de ese encuentro breve y fortuito me duraría toda la vida».

Deja constancia también de su inconmovible deseo de convertirse en escritor, detallando una formación lectora compaginada con la anhelada cercanía a sus autores preferidos. Por circunstancias de veraneo coincidirá con Carlos Barral en su retiro de Calafell, y se cuenta alguna jugosa anécdota, como cuando el joven aspirante a novelista espiaba la improvisada tertulia en una terraza de bar, formada por Juan Marsé, Ricardo Muñoz Suay y el mismo Barral; esperando oír sesudas disquisiciones intelectuales, cuál no sería su sorpresa al comprobar que estaban debatiendo sobre lo lejos que podían orinar diversos mamíferos; inmejorable ejemplo de desmitificación admirativa.

Risas y lágrimas

Martínez de Pisón es un maestro en el difícil género del retrato moral. Lo vuelve a demostrar, por ejemplo, al abordar la personalidad de Javier Marías, a quien presenta como de innegable excelencia literaria, cierto engreimiento intelectual y distante cordialidad. Es esta la crónica de una amistad enfriada; Marías pleiteaba con una editorial en la que nuestro autor publicaba habitualmente, siendo esto para él un motivo de seria contrariedad. Muy emotiva resulta la evocación de Javier Tomeo, de desenfadada bonhomía e inacabable originalidad personal. Y especialmente conmovedor resulta el recuerdo de Félix Romeo, perfilando su irrenunciable unión entre vida y literatura: «Félix, como todos los grandes novelistas, sabía que las buenas novelas están hechas de los mismos materiales de los que está hecha la vida, y en las suyas, como en la vida, hay lágrimas pero también risa, y dolor pero también alegría...». Todo esto aplicable al mismo Martínez de Pisón.

Buena parte del libro se centra en el proceso de formación del escritor, a partir del recorrido vital que transcurre por el Logroño de su infancia, la Zaragoza de la juventud y la Barcelona de la madurez literaria: «Empieza uno tratando de averiguar el escritor que quiere ser y acaba descubriendo el escritor que puede ser». Descubrirá, a través de la trilogía de «La guerra carlista» de Valle-Inclán, el poder de la escritura, capaz de recrear realidades de extraordinaria dimensión estética: «Como en una revelación, se me hizo evidente que los escritores, seleccionando unas palabras y no otras, combinándolas de una forma y no de otra, podían generar belleza a la manera de lo que hacían los pintores, los escultores o los músicos». Pero son acaso las páginas dedicadas a la memoria familiar las que conforman los más valioso de esta obra; las palabras finales de la misma están dedicadas a aquellas familiares sombras del pasado, presentes en la conciencia del narrador: «Mantengo los ojos cerrados y los veo mezclarse unos con otros, agruparse a la buena de Dios, conversar con desparpajo, saludarse los que no se conocen como si se conocieran. Son como los actores que, al término de la función, salen al escenario a agradecer los aplausos. Los veo volverse hacia mí. Los veo sonreír. Los veo hacer una pequeña reverencia. Gracias».

Con inmejorable pulso narrativo, torrencial amenidad, extrema ternura, evocadora sensibilidad, y clara conciencia estética, este singular libro constituye la apasionante historia de un escritor, la crónica de una realizada vocación, el relato de un triunfante combate con las palabras. Entre lo emotivo, lo anecdótico, lo recordado y lo conceptual, todo un festín de vida y literatura.

Jesús Ferrer Solá



 Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) es uno de los autores más reconocidos de nuestro país y también uno de los más prolíficos. Ha publicado libros de poesía (con Acaso una Verdad consiguió el Premio Nacional de la Crítica 1993); ensayos de diferentes temáticas como Las armas y las letras (1994), Madrid(2020) o Un poco de compañía (2019) –en la serie “Baroja y yo”–; los –hasta ahora– veinticuatro volúmenes de esa magna obra que es el Salón de pasos perdidos, elogiada por lectores y crítica; así como narraciones memorables, entre ellas Los amigos del crimen perfecto (2003) –Premio Nadal de ese año–, Al morir don Quijote (2004)–Premio José Manuel Lara– o Ayer no más (2012), por citar solo algunas. En Me piden que regrese, la novela que acaba de publicar, incorpora algunos de sus ingredientes fetiche: Madrid, lo barojiano (en fondo y forma), las referencias literarias, la ironía y un buen sentido del humor que es marca de la casa.

Corre el año 1945 y los servicios secretos norteamericanos solicitan a Benjamín Smith que regrese a Madrid para realizar una misión vinculada con un dirigente del régimen franquista. Cuando llega a la capital, Smith se encuentra con una ciudad que lo deslumbra. Anclada en lo más duro de la Posguerra Civil y viviendo los últimos coletazos de la Segunda Guerra Mundial, en ese “rompeolas de todas las Españas” (Antonio Machado dixit) el estadounidense disfrutará de una urbe en continuo movimiento, ruidosa y habitada por individuos dispares, que la convierten en un personaje más de la trama. Por allí pululan los vencedores y los vencidos, los pobres de solemnidad y los muy ricos, los trabajadores y los aristócratas, los que viven del estraperlo y los que se alojan en el Palace o alternan en Pasapoga... Todos conforman el gran torbellino del mundo y algunos coincidirán en la Dirección General de Seguridad –con sede en la Puerta del Sol–, un lugar regentado por policías tan torpes como pundonorosos que en ocasiones trabajan para poderes ocultos emanados de los servicios diplomáticos.

Trapiello ha escrito una novela excelentemente documentada sobre Madrid y sobre la realidad social de los años cuarenta en nuestro país, con detalles concretos que ilustran el día a día de diferentes individuos y sus formas de vida. Dominan las escenas costumbristas de los bajos fondos de la villa –muy barojianas– que dialogan con las que se desarrollan en grandes salones aristocráticos o en fincas extremeñas frecuentadas por el Generalísimo. Los mismos nombres de los personajes lo atestiguan y frente a los Chito, Remi, Fito, Güito o Tina, el narrador también incluye los Marichu, Sol, Milou o Lisbeth. La obra, que por momentos se asemeja a una comedia de enredo, a menudo adopta la forma de una parodia. Así sucede, por ejemplo, en los pasajes de la detención de Cortés-Smith o durante los interrogatorios en los calabozos y, sobre todo, en la larga secuencia de la montería (muy divertida, como otros muchos episodios de la novela), en la que se ridiculiza a las altas clases sociales, a la policía y al mismísimo dictador, un hombre de pies pequeños, voz atiplada y esquivo en el trato social. A ello se añade una historia romántica que sosiega la trama y la endulza, diversas aventuras que la activan y la aceleran, y un personaje principal (Cortés-Smith) que el escritor identifica de forma consciente con el prototipo de hombre de acción de don Pío.Y ahí reside otra (una más) de las virtudes de Me piden que regrese: en su filiación con la obra barojiana, su juego final y su consecuente homenaje al autor de La busca. ASCENSIÓN RIVAS

 


Detrás del cielo', de Manuel Rivas: testimonio brutal de lo peor de nuestro tiempo

 

La nueva novela del más reciente Premio Nacional de las Letras sigue a un grupo de cazadores que persiguen abatir a un legendario jabalí asesino.

 

Encabeza Manuel Rivas (A Coruña, 1957) Detrás del cielo con una cita de Paco Ignacio Taibo II. Sostiene en ella el veterano activista y escritor hispanomexicano que una novela negra "empieza contando un crimen, y termina contando cómo es esa sociedad". La afirmación, bastante trivial por otra parte, ilumina el sentido de la nueva obra del autor gallego, recientemente galardonado con el Premio Nacional de las Letras, quien dispone una trama criminal y delincuencial como sostén de un bronco retablo colectivo.

El argumento arranca con la batida de un grupo amistoso de seis cazadores que persiguen abatir a "El Solitario", un legendario jabalí asesino. Esa situación inicial se ramifica en diversas peripecias que muestran desavenencias entre los presuntos amigos y su implicación en graves tropelías y actos delictivos. Para contar tales sucesos, Rivas tiene el acierto de ponerlos en la boca de un personaje muy peculiar y atractivo, un tanto misterioso, Dombo, el más joven de la cuadrilla.

Su observación de los hechos funciona como si se tratase de un investigador que esparce conjeturas. Su actitud entre cómplice y hostil proporciona al relato un alto grado de veracidad. Su desconcierto moral es espejo donde se refleja el alma podrida de sus camaradas. En fin, su sensibilidad ante la naturaleza –paisaje y animales– añade un plus poemático y emocional a pasajes por momentos bestiales. 

Dombo aporta, además, la seducción de un relato tradicional, una cervantina mesa de trucos y cuentos orales. La oralidad y la condición imaginaria del lugar de los hechos, Tras do Ceo, de donde sale el alusivo título del libro, sugiere una atractiva intemporalidad de la historia. Pero poco a poco el argumento se asienta en una contundente actualidad. Ello ocurre, sobre todo, por medio de referencias al presente: las menciones del reciente confinamiento y la presencia reiterada del "Chisme", el teléfono móvil.

Un rosario de crudas noticias va encadenando una amplia nómina de hechos tremendos perpetrados por los cazadores cuyo conjunto da lugar a un implacable testimonio de lo peor de nuestro tiempo. Los cazadores cargan en su mochila toda clase de atropellos: violencia asesina, secuestro, explotación, tráfico prostibulario, abuso sangrante de la mujer, machismo, trama mafiosa, degradación de la naturaleza, especulación inmobiliaria… Algunas notas realzan la realidad degradada: el infernal burdel se llama El Edén; un oficial de notaría es un craso manipulador; un personaje trabaja como figurante en recreaciones históricas…

'Detrás del cielo' es una de las mejores novelas de Rivas. La autonomía de la historia evita su afición al sermón

La extensa nómina de malas conductas determina el flanco más débil de la novela, la insuficiente caracterización psicológica de los personajes, más modelo de actitudes que individuos plenos. Ello no impide, sin embargo, un reflejo colectivo demoledor, subrayado por escenas de agobiante brutalidad.

Así levanta Manuel Rivas un gran fresco crítico. Pero mundo tan negro no incurre en el simple testimonio maniqueo. Abundantes ramalazos de humor, ironías y ocurrencias que trufan la crónica evitan una oscura historia de naturalismo tremendista. Y en medio de tanta podredumbre moral, una niña, llamada no por azar Abril, encarna alguna esperanza en el futuro y en nuestra especie.

Detrás del cielo es una de las mejores novelas de Rivas. La autonomía de la historia evita su afición al sermón y a la moralina propagandista sin que ello mengüe la fuerza del alegato social.(Santos Sanz Villanueva)

 


Conmueve esta ópera prima de Paula Ducay (Santiago de Compostela, 1996) por serena y profunda; porque atañe a lo humano y es generalizable; porque se detiene en lo que normalmente pasa inadvertido y porque le da un giro a la narrativa actual, a veces demasiado ensimismada, o pretenciosa, o fatigosa.

De la autora se conocen pocos datos. Es graduada en Filosofía, editora y traductora, y colabora en medios de comunicación dentro de un entorno cultural. Además, codirige el pódcast Punzadas Sonoras en el que se mezcla la filosofía y la literatura.

La ternura es una pequeña (o grande, según se mire) joya en este mundo turbulento, indiferente y despegado. Cuenta una historia mínima que se ramifica y que, paralelamente, desarrolla raíces que colonizan el subsuelo, transformándose ante los ojos del lector y convirtiéndose, como dice el poeta Luis García Montero, “en materia de asombro”.

Naima y Marco son compañeros de trabajo. Hablan, se conocen y han conseguido tejer una relación que trasciende lo meramente profesional. En sus conversaciones, se han dado cuenta de que se entienden y de que pueden fiarse uno del otro, a pesar de que ella es más joven. A veces, como sabemos, es más fácil hablarle a un extraño de las cosas que ocupan nuestra alma y nuestro corazón, y ellos han tenido la suerte de encontrarse. Durante las vacaciones, Marco invita a Naima a pasar unos días en la casa familiar, en Italia. Allí convivirán con Elisa, la mujer de Marco; Martina, su hija de pocos años; Clemen, la vieja criada, y Lía y Aldo, los padres de Elisa. Cuenta una historia mínima que se ramifica y que, paralelamente, desarrolla raíces que colonizan el subsuelo. La novela se desarrolla en un tiempo –el verano– y un lugar –una casa en el campo, cerca del río y próxima al pueblo– idílicos que propician los encuentros y los diálogos entre los personajes; también los silencios que la maestría de Ducay convierte en un elemento primordial de la trama. Su sensibilidad y su capacidad de observación escrutan con detalle las entrevistas, los acercamientos, las miradas, la expresión de los rostros…, en definitiva, todo lo que normalmente no notamos o todo lo que de forma habitual no retenemos porque la vida corre veloz y nos obliga a pasar página. En esos silencios y en esos gestos bucea la escritora para construir una historia abiselada, indirecta y graduada, con una sutileza que trasciende y obliga a pararse y a leer despacio. Acostumbrados a las pinceladas gruesas y a la grandilocuencia, es una actitud que se agradece. Esos días en Italia serán reveladores para todos. Naima siente la punzada leve de los celos –hacia Elisa y la pequeña Martina, sobre todo–, aunque entiende la situación. Pero también notará la empatía y el afecto de la esposa, capaz de captar una realidad que no puede expresarse con palabras y de aceptar con generosidad lo que se desprende de la naturaleza humana. Incluso se verá obligada a rescatar antiguos sentimientos y a preguntarse sobre su actitud recelosa y contraria al compromiso. Y lo mismo les pasará a los demás protagonistas que, ante la presencia insólita de Naima, verán alterada su relación con el entorno. Paula Ducay ha escrito un libro delicado y preciso (hasta donde es posible la exactitud) sobre los sentimientos y las relaciones entre las personas, una historia íntima en la que se pone el foco sobre lo que no nos decimos mientras hablamos, sobre lo que esconden nuestras palabras y nuestros ademanes. Lo hace rescatando afectos indecibles, algunos porque son inconfesables y otros porque el lenguaje es incapaz de expresarlos. La obra, hermosa y sosegada, es también una meditación sobre las historias que dejamos ir, y refleja nuestra necesidad de dar y recibir ternura. (Ascensión Rivas)



La trayectoria literaria de Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) se ha mantenido de forma sostenida desde que debutara, a mediados de los años 90, con dos obras rotundas y decisivas: Coños (1995), un texto asombroso que muestra una forma de divinización del cuerpo de las mujeres; y El silencio del patinador (1995), una colección de relatos –ampliada en 2010–, igualmente sorprendente, en la que hay lugar para personajes en distintas circunstancias vitales y ambientales, con representación del mundo de la escritura y de la vida decadente, dos motivos frecuentes en su producción.

Dejando a un lado los contenidos, lo verdaderamente portentoso de estas primeras publicaciones es el uso del lenguaje que en ellas se exhibe. Prada escribe como muy pocos, con un estilo personal, complejísimo y muy culto, en la línea de las mejores plumas barrocas, que lleva a algunos a considerarlo un aventajado dentro de su generación.

Con posterioridad, el autor certificó su valía con novelas como Las máscaras del héroe (1996) –de la de la que, en cierto modo, es deudora Mil ojos esconde la noche–, en la que ofrece un panorama revelador de la bohemia literaria española durante las tres primeras décadas del siglo XX. A ella le siguieron La tempestad (1997), La vida invisible (2003) o El séptimo velo (2007), por citar solo algunos títulos; y más próximas en el tiempo, Mirlo blanco, cisne negro (2016) o Lucía en la noche (2019).

En 2022 publicó su aplaudida biografía de Ana María Martínez Sagi –El derecho a soñar–, personaje por el que el creador siente un particular afecto como demuestra en esta novela. Finalmente, en 2023 vio la luz Raros como yo, su obra más reciente hasta la edición de Mil ojos esconde la noche, que contiene un conjunto de retratos de escritores olvidados y/o malditos.

En su haber también hay que tener en cuenta su presencia asidua en el periodismo literario, sus incursiones ensayísticas como conocedor del mundo cinematográfico y sus reflexiones de carácter político que, sumadas a las obras ficcionales, conforman una producción voluminosa, a pesar de la relativa juventud del escritor.

Mil ojos esconde la noche, que tiene como subtítulo La ciudad sin luz, es la primera entrega de un proyecto monumental (solo este volumen tiene 796 páginas) que culminará próximamente con Cárcel de tinieblas. A la espera del segundo tomo, que promete revelar su desenlace, el primero centra su contenido en la situación de un numeroso grupo de artistas, escritores y periodistas españoles exiliados en la capital de Francia desde nuestra Guerra Civil. La acción tiene lugar entre 1940 y 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, con un París tomado por los alemanes.

El "Prólogo" ficcional con el que se inicia la narración contiene la carta que el agregado policial de la Embajada de España en la Ciudad de la Luz –Pedro Urraca– le envía al Director General de Seguridad –José Finat– en junio del 40. En ella, Urraca le revela los movimientos y ocupaciones de un nutrido grupo de "rojillos" con la intención de desactivarlos. La idea es reconducir a tantos compatriotas que malviven en un París cada día más desabastecido y atraerlos a la causa fascista, aglutinada en la asociación política que fundó José Antonio Primo de Rivera.

Para ello, no se pretende combatirlos con la violencia, sino utilizar un laissez fairelaissez passer que los conduzca hacia los intereses del partido. Fernando Navales, un reconocido colaborador de Arriba, es el elegido para llevar a cabo la misión por su "espíritu a la vez cínico y tesonero, zalamero e intrigante" y porque sabe "rondar y cortejar a la presa y llevarla hasta nuestro redil, fingiendo complicidad con ella mientras se relame con su claudicación". En definitiva, porque es un hombre sin escrúpulos.

Navales es uno de los logros de la novela. Recuperado de Las máscaras del héroe, actúa a un tiempo como narrador y como protagonista. Es un testigo privilegiado de una circunstancia histórica irrepetible y el lector conoce los hechos por medio de su crónica en primera persona. A pesar de su desfachatez y de una falta de rectitud ética que le lleva a manipular a cuantos se cruzan en su camino, en ocasiones Prada consigue rescatar su fondo benigno y compasivo para transformarlo en un personaje más complejo de lo que a primera vista podría parecer.

Por las páginas de esta novela, profusamente documentada –otro de sus logros–, desfilan Louis-Ferdinand Céline, el escultor Mateo Hernández, el corresponsal de ABC en París Mariano Daranas –‘Daranitas’–, el periodista y crítico de arte Sebastián Gasch, el también periodista y escritor César González Ruano –‘Ruanito’–, Serrano Suñer –‘el cuñadísimo’– o Kiki de Montparnasse, la modelo de algunas célebres fotografías de Man Ray, entre otros.

También aparecen artistas e intelectuales sobradamente conocidos como Pablo Picasso, del que Navales censura su crueldad con las mujeres; Luis Buñuel, igualmente criticado por su violencia contra los homosexuales; o Gregorio Marañón, figura controvertida políticamente y autor de Tiberio, una obra sobre el resentimiento –clave en el comportamiento de los protagonistas y en el devenir de la trama– que le sirve a Prada para elaborar jugosas reflexiones sobre esa forma enquistada de dolor moral.

Pero por encima de todos ellos destacan dos mujeres a las que el autor observa con aprecio e incluso con ternura: Ana de Pombo, la escritora y bailarina que arrastraba la pena de haber enterrado a un hijo falangista, fusilado en un barco convertido en checa –un personaje que finalmente se redime–; y, de forma particular, Ana María Martínez Sagi, a quien el narrador (y detrás de él, el creador) mira con dulzura y con infinita piedad.

Todos los personajes, incluidos los que son meras siluetas, están perfectamente descritos, con expresiones precisas y muy visuales. También aquí, Prada privilegia el uso del lenguaje, faceta en la que se revela como un maestro en la línea de Cervantes, Quevedo o Valle-Inclán. De ellos toma también el humor –en ocasiones escatológico– y el esperpento, ámbito en el que se desarrollan no pocos pasajes de esta espléndida obra. ASCENSIÓN RIVAS



Cuentan que Marina Tsvietáieva se colgó con la misma cuerda con la que su amigo Pasternak había sujetado sus maletas en el que sería su último viaje. Pero en realidad la poeta hacía mucho tiempo que llevaba una soga alrededor del cuello. Era la soga sutil pero mortífera con la que Stalin rodeaba las gargantas de los más grandes creadores: Babel, Mandelstam, Gumiliov, Bulgákov, el mismo Pasternak, etc.

En esta novela, premio Café Gijón 2023, Ana Rodríguez Fischer imagina una larga misiva escrita por la otra gran poeta rusa, Anna Ajmátova, a su buena amiga Marina veinte años después de su deceso. En ella da cuenta de su fraternal amistad (aunque solo se vieron en persona una vez), al tiempo que desgrana su propia vida y las vicisitudes que también hubo de sufrir. La carta no solo es un relato autobiográfico, sino un pedazo de la historia de Rusia y de Europa. En ella, Anna reafirma su condición femenina y su vocación literaria.

Con una prosa armoniosa, de una rara sutileza, Rodríguez Fischer logra empastar de un modo brillante los hechos verídicos con la ficción, utilizando para ello personajes y acontecimientos reales que nos ofrecen un fresco vivísimo de la Europa de entreguerras y de la barbarie estalinista. La novela supone también un intento íntimo de redimir a Tsvetáieva por parte de Ajmátova, así como de cerrar un diálogo amistoso-amoroso que quedó interrumpido por la muerte. Lúcida y llena de referencias poéticas y ulturales, Antes de que llegue el olvido podría servir perfectamente de antítesis a tanta novela banal y mal escrita que, desgraciadamente, acapara hoy los principales premios mediáticos de nuestro país. Diego Prado.



A estas alturas resulta ocioso presentar Lorenzo Silva (Madrid, 1966), un escritor de trayectoria elocuente que se inició hace ya treinta años. Lo corroboran títulos de sobra conocidos como La flaqueza del bolchevique (1997), El nombre de los nuestros (2001), Recordarán tu nombre (2017) y más recientemente Púa (2023).

Silva, además, es coautor, junto con Noemí Trujillo, de la colección sobre Manuela Mauri (el último libro, La innombrable, se publicó en 2024); autor de narraciones infanto-juveniles y de textos no ficcionales (en relación con la obra que nos ocupa se hace inexcusable citar Diario de alarma de 2020). Pero, sobre todo, se le conoce por haber creado una longeva y exitosa serie de novelas policiacas protagonizadas por dos guardias civiles –el subteniente Bevilacqua y la brigada Chamorro– que siguen cautivando a numerosos aficionados al género negro en nuestro país.

Las fuerzas contrarias es la última entrega de esta pareja que actúa con inteligencia, sentido común, empatía hacia víctimas y verdugos, y que, además, muestra una forma ética de estar en el mundo. La historia se desarrolla durante la pandemia, cuando la población estaba confinada por orden gubernamental y la mayoría apenas abandonaba su residencia para ir al supermercado o a la farmacia, cumpliendo estrictas medidas de seguridad.

En esta circunstancia, Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro se enfrentan a dos casos que, para mayor complejidad, suceden simultáneamente: la desaparición de una mujer –que se sabe fallecida– en un pueblo de Badajoz, y la muerte de una anciana en una población de Toledo.

La historia está narrada en primera persona por Bevilacqua y se inicia con un tono melancólico que denota el inexorable paso de los días sobre él: "Al cabo de los años, cuando el vendaval del tiempo se ha llevado la hojarasca, lo que queda en el recuerdo es sólo lo que nos mordió el corazón". Los lectores conocen al subteniente y a su compañera, los han visto evolucionar y han sido testigos de mudanzas personales que, en buena medida, han experimentado a la par.

A Rubén Bevilacqua, por ejemplo, le cuesta aceptar algunos cambios actuales como el femenino de juez, aunque aprende con la jueza Sánchez-Soria que hay profesionales de la judicatura que prefieren recibir ese tratamiento. En esta entrega comprendemos que el guardia civil es consciente de que su tiempo pasó; también de que, aunque se esfuerza para comprenderlo y para seguir adelante, en su registro interior queda un poso inevitable de nostalgia por lo que no volverá.

La novela está narrada con la agilidad a la que el autor nos tiene acostumbrados, con diferentes argumentos interconectados que ponen a prueba su pericia para conseguir que todo encaje. Si bien la trama de Illescas es la que aparece en primer plano y se convierte en dominante, de fondo queda la que protagoniza el cabo Arnau –un poco más desdibujada, aunque también viva– y todas las intrigas de los diferentes miembros del equipo de investigación –con especial énfasis en Vila y Virgi–, así como el complejo entramado que propicia la pandemia. 

Con la distancia que aportan los cinco años transcurridos, resulta impactante, además de doloroso, rememorar lo que sucedió aquella primavera de 2020: los dos meses de aislamiento, el miedo a un mal desconocido, los ingresos hospitalarios, el ingente número de muertos, la imposibilidad de acompañar a los difuntos y a sus familiares… Y evocar cómo la enfermedad se ensañaba de forma especialmente cruel con la generación de la posguerra, a la que Silva homenajea en el texto.

Las fuerzas contrarias incluye críticas contra nuestra sociedad desnortada y un ethos moral que funciona como lenitivo. Pero lo mejor, con todo, es que se lee con inusitada avidez. (Ascensión Rivas)




La novela sigue a Sara en su camino de perfección hacia el funcionariado: de la perplejidad pasa a la comprensión y cierta adaptación al estado paralítico y paralizante de las cosas, de ahí a un intento de cambiar o mejorar que implica una transgresión, que le acarreará algunos problemas que ponen en peligro su futuro. De manera paralela, la protagonista se prepara la oposición sin mucha fe pero animada por una compañera.

Si en el ensayo quien chocaba con los trámites administrativos era una ciudadana, en Oposición la que ve con perplejidad cómo el sistema se hace latoso e ineficaz de pura burocratización es precisamente la protagonista. En su viaje del héroe, Sara, anti-Bartleby, preferiría hacer: no comprende su tarea, qué ha de hacer esas horas sentada en la mesa frente al ordenador. Cualquier iniciativa se considera una injerencia o una intromisión en el terreno de otro departamento; conseguir que le instalen el programa que le permitirá hacer solicitudes y peticiones requiere una solicitud que no puede hacer, etc., etc.

Frustraciones permanentes

La desesperación que ya se conoce desde el lado del ciudadano, se cuenta ahora desde el lado del trabajador con las frustraciones que genera. La cosa cambia para Sara cuando llega por fin RPLic@, "un complejo programa de recepción y tramitación de reclamaciones en cuyo desarrollo habían estado trabajando durante meses tres funcionarios del área de informática, y que por fin teníamos ahí, listo para estrenar", explica Sara. La rueda de prensa es un poco desastrosa, los micros fallan, la proyección se atasca, el informático se tropieza y Sara, a la que le han pedido que se haga pasar por periodista para hacer bulto, lo contempla todo como si fuera una comedia de slapstick.

Nuestra heroína, encargada de "recepcionar" las quejas, clasificarlas e iniciar la tramitación para que el comité de expertos se reuniera y decidiera si daba respuesta y cuál, espera con ilusión que al día siguiente del anuncio del sistema que pretende abrir un canal de comunicación con los ciudadanos para mejorar la administración el buzón esté a rebosar (¡por fin tiene una tarea!), descubre que todo sigue igual: "La bandeja seguía vacía. Las reclamaciones no llegaban. El comité de sabios no se reunía". De ahí que Sara decida darle un empujoncito a RPlic@.

Mesa detecta problemas reales a los que se acerca con sentido del humor, el modo más eficaz de dar con algunos absurdos, como sucede con el lenguaje administrativo: "Realizar era mejor que hacer y recepcionar  mejor que recibir. Los problemas eran problemáticas; las personas, sujetos. Indicar era mejor que poner, cumplimentar mejor que rellenar. Los informes se emitían, de las reuniones emanaban decisiones. Los informes comenzaban siempre con un relato de los antecedentes, que se repetían al comienzo de cada apartado; cuando más se repetían -o todavía mejor, se reiteraban-, más largo era el informa y, por tanto, más riguroso. Con el fin de no reiterar palabras sin ton ni son, se usaban las expresiones el mismo y la misma"... Y así es como se va haciendo cada vez más oscuro e incomprensible el lenguaje, pero más técnico.

El poder del humor

Aparecen líneas de fuga que no se desarrollan todo lo que se podría, como el asunto de la poesía: Sara escribe poesía, aunque no se lo dice a Beni, la compañera que se empeña en amadrinarla quiera Sara o no, y que le presta libros con el deseo de comentarlos luego. En esa línea de guiño a otras artes, se incluyen no solo poemas de Huidobro o Maiakovski, citas de otros muchos, y dibujos de Iñaki Landa. Mesa no se ciñe sólo al retrato más o menos humorístico -depende el momento, la novela es un poco montaña rusa en cuanto a su propia naturaleza- del mundo gris, monótono y jerarquizado hasta el absurdo de la burocracia, Oposición aborda también el asunto de la amistad y la admiración imitativa gracias al triángulo Sara-Beni-Sabina, informática de la que la narradora se hace amiga.

Los personajes son caricaturescos, a veces recuerda a The Office; hay episodios extraños, coqueteos con el misterio, como el asunto de los gatos recién nacidos o ese asesor que acude a no hacer nada pero sigue cobrando, por no hablar de los despachos vacíos.

Es imposible leer sobre laberintos burocráticos sin acordarse de Kafka y la protagonista de Oposición parece una anti-Bartleby en cuya cabeza resuena la canción de Vainica Doble "La funcionaria": "Yo no se por qué hice esta oposición, / en vez de estudiar corte y confección. / No le veo la gracia ni el misterio / a ser funcionaria de un ministerio". La novela tiene algo zozobrante y gana cuando Mesa se entrega sin temor al gamberrismo: cuanto más se divierte ella, más se divierte el lector. (Aloma Rodríguez)


 Para iniciar la reseña de Cárcel de tinieblas, el segundo volumen de la hiperbólica Mil ojos esconde la noche, quizá no esté de más abordar el final del libro y recuperar la "Nota del autor". Está firmada en Madrid, en febrero de 2025, apenas unas semanas antes de la publicación de la novela el 12 de marzo.

En ella, haciendo gala de sus conocimientos cinematográficos –de acusada presencia en distintas partes del texto–, Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) explica que el título genérico de los dos ejemplares está inspirado en Los mil ojos del doctor Mabuse (Die 1000 Augen des Dr. Mabuse, 1960), una coproducción internacional con la que Fritz Lang se despidió del cine recuperando a su perverso personaje, que, como él mismo señala, está "en la línea de otros antihéroes coetáneos de la novela de quiosco más conspirativa y rocambolesca".

El filme, según la crítica, es una metáfora de la Alemania de posguerra, por lo que su contenido enlaza con la materia de los libros. En la "Nota", además, De Prada se refiere al carácter real de buena parte de los acontecimientos que se narran tanto en la primera entrega (La ciudad sin luz, 2024) como en esta segunda, aunque tras haber sido reflejados "en los espejos deformantes del [valleinclanesco] Callejón del Gato".

Así, las afirmaciones de los personajes han sido recogidas de sus obras, las ideas tienen el aroma de la época –según revelan diversas crónicas–, e incluso los chistes se escuchaban en el París ocupado. De este modo, el novelista hace referencia al enorme trabajo de documentación que, como resulta evidente para cualquier lector, subyace a la escritura de los dos tomos.

Al hilo de los hechos efectivamente sucedidos, De Prada ha introducido otros que, sin ser escrupulosamente ciertos, están basados en acontecimientos reales, aunque han sido incorporados a la trama tras haber recibido el barniz de la fabulación. El autor, en tanto que estudioso de un período determinado de la historia, se siente orgulloso de su esfuerzo testimonial y no es para menos. En este sentido, la novela es un mosaico de relatos cuyos argumentos, inspirados y/o espigados en un sinfín de documentos, reflejan la circunstancia que se vivió durante la Francia ocupada, un tiempo oscuro que propició la aparición de monstruos, "algunos criminales […] y otros pacíficos". Curiosamente, además, el escritor adopta un ademán cervantino cuando recuerda lo que él mismo señalaba en la primera entrega de Mil ojos esconde la noche. Lo hace, incluso, cuando, al especular sobre la posibilidad de escribir una nueva novela, se refiere literalmente a una "tercera salida de Fernando Navales", como si de don Quijote se tratara. Dependerá, como aclara, de la acogida que el texto tenga entre los lectores, a pesar de que, como decía Antonio Machado y él hace suyo con claro desánimo, España sea ese "trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín". Al final, por lo tanto, De Prada recupera el legado cervantino que también había encontrado acomodo en el interior de la obra, sobre todo para identificar a Gregorio Marañón y a otros personajes –caso del general Oberg– que contribuyen a su caracterización. Como sucediera en La ciudad sin luz, la narración de Cárcel de tinieblas corre a cargo de Fernando Navales, el reconocido colaborador del periódico Arriba. Se trata de un hombre sin escrúpulos, dominado por el resentimiento, que De Prada ha rescatado de su novela Las máscaras del héroe, sin duda uno de los hallazgos de la obra. Su misión aquí, como sucediera en el primer volumen, es pastorear a los "rojillos", desactivarlos y, en la medida de lo posible, reconducirlos. Pero el París de la ocupación, que es el que sirve de fondo a la historia (años 1942-1944), está cada día más castigado, y vivir entre escombros, miseria y ruindad humana resulta tan difícil como desmoralizador. De ahí que, con el paso de los días, Navales se vaya sintiendo solo y desamparado en una ciudad ya carente de luz. Huyen sus amigos y sus enemigos (Sebastián Gash, Solms, Gregorio Marañón, Velilla, el cónsul Rolland, Ana de Pombo, César González Ruano…), y su soledad, unida a una comezón de la conciencia –más y más desgarradora con el paso de los días– le infunde el deseo de redimir sus culpas con la pretensión de salvarse, para lo que trata de transformar el resentimiento (tema fundamental en los dos volúmenes) en algo que realmente merezca la pena. En algunas ocasiones, de hecho, le asaltan los remordimientos y una necesidad de expiar los pecados; en otras, muestra su lado afectivo, como cuando, en una noche de alcohol, Fontseré le acusa de emocional y sensiblero, y de utilizar el resentimiento como "la tapadera del sentimental escaldado que huye del agua fría"; incluso el "amor blanco" que en el último trecho siente por Ana de Pombo no es otra cosa que el reflejo de su necesidad de redención. Cárcel de tinieblas no deja de ser un exceso y, precisamente por ello, un desafío de su autor. Es excesivo su número de páginas, su nómina de personajes, así como la cantidad de situaciones históricas y de referencias intertextuales (pictóricas, literarias, cinematográficas, etc.) que se reúnen y que evidencian la cultura de Juan Manuel de Prada y su enorme trabajo como investigador de la época y como organizador de la ingente información. Aunque son muchos los elementos de Cárcel de tinieblas que ya estaban presentes en La ciudad sin luz, en el nuevo trabajo encontramos estampas novedosas y dimensiones más desarrolladas de algunos acontecimientos. Entre ellas cabe mencionar la persecución de los judíos por parte de Hitler y la postura inequívoca del autor implicado contra esa tropelía inaceptable. Pero también la importancia de personajes como Victoria Kent, Ana María Sagi o Ana de Pombo (interesante el papel autónomo y reparador de las mujeres en la historia), así como del tema artístico en general y de las falsificaciones en particular. En este sentido, resulta reveladora la trama que tiene como protagonista al apócrifo marqués de Cagigal, que implica tanto a falsarios ventajistas como a advenedizos ignorantes –el matrimonio Dupont–, en alguno de cuyos pasajes interviene un innoble Picasso que bendice la superchería. Además, y como ya señalé, en esta entrega son especialmente significativos los episodios que se sustentan en el Quijote, una veta infinita para la literatura posterior. Para concluir, y como es habitual en la producción del autor, la novela está escrita con barroca mano maestra. ASCENSIÓN RIVAS


 Sus libros se resisten a la reducción genérica de etiquetas como novela histórica, historia novelada, o mero entretenimiento. Sí obedecen, en cambio, a la doble pretensión de toda ficción loable: no se limitan a entretener, sino que aspiran a despertar curiosidad y saciar intereses sobre los escenarios de los que se nutren sus tramas. Ya conocen a María Dueñas (Puertollano, 1964) desde su inolvidable primera novela, El tiempo entre costuras (2009).

Ya saben de las notables cualidades sobre las que se asientan casi 25 años de ficción combinada con divulgación histórica y social. Su sexto título, Por si un día volvemos, obedece a las marcas de su estilo, redobla la apuesta y sale airosa.

Empecemos por advertir de sus intenciones y sus logros. La ficción la presenta, a modo de prólogo, un mapa del sur del Mediterráneo, donde siempre regresa la escritora, y la cierra, a modo de epílogo, un plano de la ciudad de Orán, donde se asienta el difícil equilibrio entre imaginación, rigor documental y memoria heredada. Hace entrar al lector de manera inmediata, atrapa, conecta con nuestra curiosidad… y engancha.

Todo gira en torno a la peripecia de una mujer que se presenta como Cecilia Belmonte (después Madame Lagarde, su identidad es parte de su secreto). Eran los años 20 en el sureste español; el azar le llevó a cruzar el Mediterráneo en un pasaje de Cartagena a Orán. Argelia era entonces el país que acogía a quienes buscaban huir de la miseria, emigrantes y exiliados; Orán, la ciudad para prosperar o para huir del pasado.

Sobre este esquema, a través de las vivencias de la protagonista, despliega la autora cuarenta años de la historia de una ciudad habitada por una mayoría de origen español, aunque movida con engranajes franceses. Cuatro décadas alcanzadas por las consecuencias de los conflictos trascendentales en Europa entre 1927 y 1962 (guerra civil española, Segunda Guerra Mundial, independencia de Argelia).

En ese escenario, cautivador por el virtuosismo de la autora a la hora de ambientar y aderezar la atmósfera con todo lujo de pormenores, se van desplegando situaciones y personajes cuyas vidas y oficios interfieren en el ascenso social de Cecilia (tabaquera, lavandera, nodriza, dueña de la factoría jabonera Savon de l’Oranie), y testimonian el recorrido entre el auge colonial de la ciudad y el fin de la Argelia francesa. El tema resulta tan interesante gracias al pulso que mantiene unidos el tejido humano y el tejido urbano.

El primero mueve los hilos de un relato de aprendizaje. El segundo ilustra cómo se activan la economía y el desarrollo urbanístico de Orán. Para este fin, el tratamiento de los secundarios es crucial, pues son ellos los que otorgan credibilidad y coherencia al conjunto, además de subrayar la intención de un relato de este signo. Intención en la que el detalle más insignificante cobra sentido, enriquece la trama y regala uno de los goces de la lectura.

Intención que tiene que ver con la memoria, el desarraigo, el éxodo, el tributo a quienes se sintieron “oranenses” y se vieron obligados a abandonar tantos años de asentamiento en el “oranado”. Son muchas más las palabras que cifran los hitos de este plano histórico (“pieds-noir”, “nuevas españolas”, “régimen de Vichy”) en cada etapa de los dos grandes bloques que lo conforman (1939 marca la transición entre ambos).

El otro gran goce son las connotaciones sugeridas por el título de la novela: un deseo sometido a una condición inexorable, Por si un día volvemos. Busca acoger a quienes quisieron guardar la memoria de aquel tiempo en aquellos lugares, para evitar que lo vivido se lo llevara el olvido. Por si un día, quizá, pudieran volver a ellos. PILAR CASTRO


 

El gusto de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) por sacarle punta a las convenciones se nota desde ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! Lo que en aquel libro primerizo podría parecer solo una muestra de ingenio supone una manera de ver la realidad que retuerce creativamente situaciones comunes. Así lo confirman su aproximación a los temores actuales en El país del miedo y la revulsiva mirada al ámbito laboral de su obra más cuajada, La mano invisible. Algo semejante hace en Las buenas noches, donde adjudica al insomnio una inédita amplitud de sentido. Las buenas noches habla de quienes tienen dificultades para dormir. A este propósito dispone una trama imaginativa, original y arriesgada por llevar la anécdota al límite de la verosimilitud. Un hombre y una mujer se encuentran en el vestíbulo de un hotel. Están desvelados, hablan y dan un paseo. De regreso, se acuestan en la misma cama y así logran dormirse. De vuelta a su ciudad (Sevilla, aunque no se explicita), convierten el insólito remedio en un hábito que les brinda una panacea. Ya no será el inicial encuentro nocturno sino, durante varios meses, un perentorio recurso a cualquier hora y en diversos lugares. Siempre sin mediación de estímulo erótico alguno. Siempre buscando, y consiguiendo, solo dormir. Isaac Rosa traza una historia de amor blanco que llega a alcanzar notable intensidad emocional. Pero no es este su objetivo, aunque pudiera parecerlo ya que prodiga finos detalles sentimentales, resultado de un cuidadoso ejercicio de introspección. La sensación de soledad que comparten los castos durmientes y su angustia al temer el fin de la experiencia provocan la confesión general de ambos. Así emerge su vida privada, familiar y profesional. Paso a paso los anónimos protagonistas –solo sabemos el nombre de sus respectivas parejas– desnudan su intimidad y afloran su situación en la vida. En lo privado, salen a la superficie enquistadas desavenencias conyugales. En lo público, vamos sabiendo detalles de sus actividades profesionales: él, traductor y organizador de cursos académicos; ella, empleada con categoría ejecutiva de una empresa. De tal modo, Isaac Rosa retuerce el cuello al insomnio y lo utiliza como expediente para plasmar un panorama de diversos aspectos de la vida contemporánea. La falsedad que sostiene el matrimonio ocupa un lugar destacado. La situación de la cultura y la lectura, también. Las condiciones laborales y el azote de la precariedad encuentran un buen espacio. Casi entre líneas hay una advertencia sobre la inteligencia artificial, que enlaza con la actual tecnificación a ultranza. Todo ello se encaja en un discurso severo y de énfasis retórico al que las ironías sobre pintorescas terapias para curar la dolencia ponen un contrapunto divertido. Estos datos dispersos forman parte de un todo, una especie de crónica de actualidad que constata una vida moderna no satisfactoria y un descontento con el modo de estar en el mundo. La ansiedad es un estado colectivo, que, en la mirada política de Isaac Rosa, se debe a condicionantes sociales. Aun a riesgo de simplificar el mensaje del autor, el insomnio crónico sería un rasgo o un efecto de la sociedad capitalista. Tal planteamiento conlleva una intencionada limitación de los motivos de la enfermedad pues supone una seria restricción del tema al dejar fuera las causas genéticas. A pesar de esta reserva, Isaac Rosa consigue alertarnos de la insatisfacción interior que marca la vida actual. Este atractivo resultado se debe a la conjunción de una historia inventiva y de un relato complejo en el que la narración del protagonista se complementa con un recurso de la terapia del insomnio, el diario del sueño. SANTOS SANZ VILLANUEVA




La literatura de viajes constituye una columna vertebral en la escritura variada poesía, novela, cuento, reportaje, articulismo) de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955). Buena parte de su obra se inscribe en el género de los libros de anda y ver o se relaciona con él. Incluso, como muestra de una firme afición, en Los viajes de Madrid comenta las andanzas por la capital de una diversa lista de antiguos visitantes (Borrow Trotski, Neruda...). A veces lo hace con el enfoque reporteril de Las rosas de piedra y Las rosas del sur, amplio recorrido por las catedrales españolas. Un símbolo, en cambio, el de la decadencia, monopoliza su visita en Trás-os-Montes a esta depauperada región portuguesa. En fin, el algo elegíaco viaje a la memoria personal preside el itinerario por la cuenca del Curueño, en la montaña leonesa, de El río del olvido.

 

En El viaje de mi padre, Llamazares le saca buen provecho a la multiplicidad de perspectivas que suponen estas andanzas previas para replicar el itinerario que siguieron, hace 86 años, su progenitor y un compañero radiotelegrafista, Saturnino, al comienzo de la Guerra Civil. En 1937, desde una aldea leonesa, ambos, estudiantes de magisterio de 18 años, soldados voluntarios del ejército sublevado para eludir el frente y destinados al Regimiento de Transmisiones, ini-

ciaron un viaje forzoso de 800 kilómetros que les llevó a participar en las batallas de Teruel y de Levante, dos de las más terribles de la contienda.

 

Ambos combates determinan el doble eje del libro, macado, aparte de por los escenarios, por la climatología, las terribles bajas temperaturas en la toma de la capital aragonesa y el termómetro incendiado en la conquista de Castellón. Tras

superar el espanto turolense, padre y compañero –“más que un amigo, un hermano”– disfrutaron de un descanso en Zaragoza y continuaron hacia Levante, en donde se libraron de la muerte boicoteando las órdenes de sus superiores al inutilizar la emisora que llevaban.

 

La primera parte del viaje hilvana con la fidelidad posible a unas confidencias escasas y gracias a razonables hipótesis (“imagino”, repite Llamazares) el recorrido paterno en tren u en otros medios y hace altos en lugares destacados de la expedición: León, Palencia, Valladolid, Aranda, Calatayud y Teruel. La siguiente se inicia en Zaragoza, se detiene en Caspe o Alcañiz y concluye al sur de Castellón, en la Sierra de Espadán y Segorbe.

 

Los lugares más destacados en su trascendencia militar obtienen la atención debida, en particular la batalla de Teruel la Stalingrado española se la ha calificado– y la definitiva toma franquista de la ciudad. El autor alcanza alta expresividad en el relato del espanto de aquellas jornadas terroríficas que costaron miles de muertes a ambos bandos. Pero no se ocupa con menor dedicación de otros lugares hoy casi olvidados y que encarnan los esfuerzos materiales empleados (con minucia se anotan las fortificaciones y trincheras de las que todavía quedan huellas elocuentes) y la ferocidad de los combates. Además, en esta vertiente del viaje dedicada a la recreación bélica se hace hin-

capié en el salvajismo de la guerra, en línea con la llamada memoria histórica.

No se contenta Llamazares, sin embargo, con resucitar la guerra según la pudo vivir, sentir y padecer su padre, sino que todo el libro pivota sobre el contraste entre el ayer recreado con poderosa imaginación y el presente observado atentamente por el viajero actual. La confrontación de ambos tiempos constituye un leitmotiv del relato. Y este contraste nos lleva a un asunto de máxima actualidad, el de la España vacía, o como quiera decirse.

El abandono de los pueblos y los efectos que cierta modernidad ha tenido en la vida rural ha sido ya motivo de interés de Llamazares. La problemática humana, económica y paisajística derivada del embalse de Riaño, en la patria chica del

autor, le ha ocupado en otras ocasiones. Ahora, al hilo de la peripecia paterna manifiesta su queja, indignada, por la dejadez a que han venido a parar tierras

antaño fértiles y lugares pujantes. El recorrido actual repite con machacona monotonía unas idénticas instantáneas: pueblos desérticos sin un alma en sus calles y sin niños en sus plazas, campos abandonados, actividad agrícola inexistente, bares vacíos, población envejecida, juventud que ha huido a la ciudad, predominio de trabajadores emigrantes...Son imágenes con las que se lleva a cabo una alegoría de la soledad humana en el medio rural. La estampa resulta contundente en pequeños pueblos sumidos en la más absoluta decadencia. Y en la misma dirección apunta otra referencia constante, los ferrocarriles clausurados y las estaciones de tren, algunas notables piezas arquitectónicas, en ruina y sin viajeros. Quizás a nada como al tren se le saque tanto valor emblemático. Creo que la transformación histórica que ha devenido en el cierre de líneas y la irrupción de la alta velocidad tiene para l autor una carga emocional enorme, y de ahí la intensidad con que contempla unos cambios que no parece que sean para mejor. Dicha imagen se potencia cuando el autor repara con sentir un tanto noventayochesco en villas antaño poderosas o epicentros de comunicaciones.

 

Entre otros casos notables –Venta de Baños, Aranda de Duero, Burgo de Osma...–, de Carrión de los Condes extrae un magnífico ejemplo de los efectos de la historia. En el re corrido por la espléndida villa palentina asocia con contundente fuerza expresiva el pueblo antaño poderoso, repleto de monumentos admirables, y el actual, de existencia convaleciente. Sea en los recuerdos de la guerra, sea en las viñetas de actualidad, Llamazares no cae en la mortecina crónica documental. Al revés, dispone diferentes recursos para que el viaje tenga el atractivo de la narratividad y resulte variado. Desde luego, maneja y utiliza documentación histórica y literaria en medida conveniente y ponderada. Alguna vez trae a colación apoyos literarios como unos oportunos versos de su paisano Gamoneda. También se permite impresiones líricas ante un paisaje o en un amanecer. Recurre, por otra parte, a un clásico de la literatura de andar y ver, las conversaciones del viajero con gente de los lugares que atraviesa, las cuales fortalecen sus datos o impresiones. Todo ello proporciona dinamismo al relato. Y, sobre todo, el propio autor es una presencia constante. Este plus de subjetividad impregna de sentimiento y emotividad la doble estampa de la barbarie bélica y de la soledad rural. SANTOS SANZ VILLANUEVA



El periodista y escritor Paco Cerdà (Genovés, Valencia, 1985) recreó hace un par de años los hechos históricos y el ambiente colectivo del día en que se produjo la proclamación popular de la II República en el relato documental 14 de abril.

El mismo enfoque aplica en Presentes, recreación de un episodio singular del ayer aún cercano de alto valor simbólico y trascendencia política, el traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera desde el cementerio de Alicante hasta El Escorial para recibir nueva sepultura en el Monasterio. El fantasmal desfile mortuorio a pie se realizó entre el 20 y el 30 de noviembre de 1939. Falangistas llevaron a hombros día y noche el féretro de su líder a lo largo de 467 kilómetros.

El relato de aquella insólita empresa, hija de la exaltación ideológica, se atiene al desarrollo de la caravana fúnebre en cada una de dichas fechas, se fija en los rituales del recorrido y se empareja con hechos y sucesos de la España vencida. El propio Cerdà comenta la estructura y contenido del libro en un minucioso informe final sobre las fuentes utilizadas.

En Presentes, explica, "laten dos planos contrapuestos". Uno, el traslado en sí mismo y la personalidad del Ausente, como mayestáticamente se designó al difunto durante la guerra. Otro, el "reverso de aquellos días", el país sojuzgado que ocultaban los vencedores.Los capítulos, ceñidos a las sucesivas jornadas de la procesión, aportan muy curiosas noticias que detallan su complicada logística, los ritos de la marcha, la ornamentación fascista o el fanatismo político. El frío, los campos helados, las hogueras nocturnas, el rosario de antorchas y la varia parafernalia producen una vívida estampa.

En cada jornada se incluyen unos cuantos casos de la situación contraria que evidencian la tremenda dicotomía del momento. Para ilustrarla, Cerdà trae a colación ejemplos singulares (la furiosa vejación del cantante Miguel de Molina) y múltiples testimonios de fusilamientos, atropellos, venganzas, represión, fanatismo, exilio forzado, ocultamientos (topos o maquis)… La denuncia, un copioso catálogo de terror e injusticia, siempre se basa en sucesos reales, con nombres y datos precisos, en gran medida producto de la investigación personal del autor.

La meritoria labor historiográfica (en archivos, hemeroteca y testimonios privados) de Cerdà no está abocada a una simple crónica, sino que se instala en un artefacto narrativo complejo y prolijo en recursos formales. Se citan literalmente muchos textos (sin comillas, según la moda reciente). Del estilo lacónico se pasa a enunciados subordinativos. Se rinde tributo a la anáfora. La estampa costumbrista coexiste con la ideación visionaria y la pulsión poemática.

El entusiasmo de Paco Cerdà por la diversidad formal muestra un narrador exigente, bien dotado para los juegos retóricos, compositivos y verbales. Resulta el suyo, sin embargo, un trabajo un tanto excesivo. Aunque aporte variedad al relato, le resta intensidad emotiva. De todas maneras, semejante prurito literario no reblandece en absoluto el alegato cerrado contra el franquismo ni minimiza las injusticias sufridas por sus muchas víctimas. (Santos Sanz Villanueva)




Si la palabra costumbrismo no tuviera tan mala prensa, escribiría sin pensarlo dos veces que Mil cosas es una novela costumbrista. Eso sí, añadiría de inmediato que Juan Tallón (Orense, 1975) ejecuta un costumbrismo sagaz e irónico, propio de alguien que aplica al mundo una mirada penetrante capaz de calar en el fondo que suele escamotear el aspecto más superficial de la realidad.

Al servicio de estas cualidades dispone Juan Tallón un argumento cuyo primordial mérito consiste en contar anécdotas sabrosas que por sí mismas nos atraen; jugosas peripecias que tienen, además, la virtud de ser bastante corrientes y de aparecer sin mayores complicaciones formales.

En realidad, solo cuenta las menudencias del día a día de una pareja sobre el trasfondo cargado de un más o menos convencional simbolismo de un tórrido día veraniego –justo vísperas de las vacaciones– en el que menudean los difuntos por la dichosa ola de calor.

Él, Travis, es periodista y está con los apuros del día de cierre de la revista donde trabaja. Tipo un tanto histérico, anda liado en equívocos, despistes y malentendidos que él mismo se procura. Ella, Anne, cumple ambiguas labores administrativas en una despótica empresa comercial.

En la agitación del joven amenaza la posibilidad más imaginaria que presunta de un despido por los números rojos del negocio. En la desazón de ella, pesa el rencor torticero de su jefa y el baboseo de un compañero que ni siquiera disimula sus hábitos de rufianesco acosador ("Hace 14 meses, dos semanas y tres días que estoy obsesionado contigo, desde que te vi la primera vez. Quedar un día después del trabajo sería la cura ideal para la obsesión", le mensajea). 

Para completar la estampa familiar, entre Travis y Anne anda en juego Iván, un bebé de meses a quien ninguno de ambos le dedica más estricta atención que los convencionales arrumacos consuetudinarios.

Esta trama sencilla la rellena Tallón con variados detalles típicos –las mil cosas del título– de un atento vistazo sobre la cotidianeidad. En ellos figuran complicaciones familiares, rutinas domésticas, aseo expeditivo, sexo fugaz, precariedad alimentaria remediada con platos preparados en el supermercado, prisas a todas horas, hábitos oficinescos, malquerencias laborales, millones de mails, una absurda y desquiciante estafa digital o historietas peculiares en la confección de la prensa.

Semejante material anecdótico está bien elegido para proporcionar una imagen representativa de la vida hoy habitual. Tallón la encarna en esos personajes, Travis y Anne, que, aun teniendo mucho de común y de prototipos, reflejo de muchos de nosotros, poseen, sin embargo, suficiente entidad personal. No puede hablarse de caracteres con hondura psicológica, pues bordean la caricatura, pero funcionan como ideaciones imaginativas suficientemente individualizadas.

Y todo ello, situaciones, anecdotario y protagonistas están barnizados con una buena mano de humor, regocijante con frecuencia, alegre casi siempre. El resultado es una estampa sardónica de los rasgos de la vida moderna, de su incesante azacaneo y sus menudencias bobas.

En este socarrón retrato de un vivir sinvivir tampoco falta un punto de filosofía, nada pretenciosa, pura expresión del maleado sentido común. "La vida –leemos– funciona por acumulación de acontecimientos que se traducen en saciedad, aunque por el medio haya algunas risas y alegrías".

Refutación total de las muy vanas congojas que nos traen a maltraer en estos tiempos que corren, crítica afilada del mundanal ruido y reivindicación no poco frayluisiana de la vida sosegada, esta novela satírica y un punto pedagógica permite pasarlo bien sin romperse la cabeza en buscarle tres pies al gato.

 (Santos Sanz Villanueva)



Comerás flores aborda un tema bastante transitado en la literatura, la malmaridada. Marina, una chica de casi 25 años, se enamora a primera vista de Jaime, 20 mayor que ella, y enseguida se van a vivir juntos. Pero ese motivo principal resulta un tanto engañoso porque Lucía Solla Sobral (Marín, Pontevedra, 1989) lo inserta en una problemática más amplia que anuda la reciente pérdida del padre, otro fracaso sentimental también próximo y una situación laboral nada satisfactoria.

Así, esa relación que a las pocas páginas presumimos que será tóxica se convierte en un factor más, aunque destacadísimo, de un complejo trastorno interior. Marina sufre una crisis de identidad que provoca una grave perturbación de su personalidad. Este, y no la pareja desigual, o no solo ella, es el tema de la novela.

La parte del león del argumento, y la que imanta al lector, se la lleva esa relación desigual. En ella, Lucía Solla asume no poco riesgo, pues tensa al límite el carácter de los personajes. Marina resulta bastante bobalicona y aunque sea creíble su rendición total al hombre, su deslumbramiento roza la estupidez. Solo el que Jaime se defina como "compositor de atmósferas" tendría que haberle puesto en guardia. No solo no ocurre, sino que él la ciega con su físico, refinamientos y zalamerías.

En fin, en Jaime vemos un botarate sofisticado al borde de lo verosímil. A pesar de este reto imaginativo, la pareja sirve para evidenciar las relaciones desiguales y alcanza notable fuerza comunicativa en la calculada gradación de las artimañas mentales del hombre que muestran un caso ejemplar de refinado maltrato psicológico. El acierto de Solla está en no presentarla a ella como alguien inocente ni en caricaturizarle a él.

Este núcleo temático se amplía con un repertorio de anécdotas que ocasionan apreciaciones sobre unos cuantos asuntos: el sentido de la juventud, la gestión del duelo, el peso de la memoria familiar en la vida, la lealtad en las relaciones humanas y, sobre todo, la amistad como último refugio de los contratiempos de la vida.

Aunque nada de ello sea materia literaria inédita, Solla sabe añadirle el acento de lo original. Se debe al acierto formal. Solla escribe de forma libre y creativa. La novela fluye con vivacidad y a ritmo ágil. La prosa esquiva las rigideces sintácticas académicas y adopta cautas trasgresiones.

La estructura, basada en cortas y rápidas secuencias, revela una inquietud que no cae en el vanguardismo, pero comparte un parecido espíritu de búsqueda de expresividad. Varias veces se recurre a frases lacónicas que ocupan una página entera y que bastan para expresar a la perfección el estado de ánimo de Marina, su desconcierto y perplejidad vital.

La narración reflexiva a la vez que avivada por un intenso fondo emocional de Marina nos deja una valiosa primera novela. Sin duda, Lucía Solla es una escritora dotada de instinto narrativo. Habla de asuntos interesantes y sabe contarlos. Planeado el libro con esmero y cálculo, me sorprende, sin embargo, el desenlace. No me parece consecuente el happy ending con los sinsabores de la vida que la novela ha mostrado. Tendría que haber acabado de forma menos complaciente, ya que no dramática. SANTOS SANZ VILLANUEVA


Nico le han encargado escribir una redacción sobre el verano más importante de su vida y no ha tardado mucho en identificar que su verano más “sig-ni-fi-ca-ti-vo” fue el del año pasado, el de quinto. Fueron unos meses marcados por el calor, por la amistad, por la inestabilidad familiar, por algún que otro desengaño y, sobre todo, por una ilusión más grande que él mismo: bailar.

El relato de “Vallesordo” (Libros del asteroide, 2025) es la tierna expresión “oral” de las emociones de un chaval de pueblo. Un cuento moderno en el que el viaje del héroe consiste en buscar la manera de llegar a Zamora capital para participar en un casting del concurso de baile «Fama Kids». Sus aliados son sus compañeros de clase, Izan y Telma; las hadas madrinas son la abuela y la tía Justi, y el villano no es ni más ni menos que el desencanto.

Jonathan Arribas (Zamora, 2001) consigue en su primera novela eso tan complicado que es darle voz a un niño y hacerlo creíble, y lo hace gracias a un lenguaje de estructuras y expresiones infantiles, lleno de transcripciones fonéticas de los anglicismos que escucha, y trufado de localismos castellanos y particularismos familiares. A ello también contribuye la técnica de transcribir el lenguaje desnudo, sin el corsé de las reglas de estilo tradicionales (nada de guiones de diálogos, ni comillas, ni cursivas). Todo esto hace que, junto a los temas que aborda, “Vallesordo” se convierta, salvando las distancias, en una suerte de Panza de burro (Barret, 2020) a la zamorana, que es probablemente uno de los mayores elogios que se pueden dedicar a una novela en la actualidad.

Y, sin embargo, lo mejor en “Vallesordo” no es lo que se cuenta, sino lo que se trasluce. Detrás de esas vivencias infantiles y esas (tal vez excesivas) descripciones de coreografías, se esconden muchas más cosas: los problemas económicos y sentimentales de la familia, los nervios de la madre, el mal humor del padre, las preocupaciones de la abuela, la tristeza de la tía, la dejadez en la paternidad… Todo se deja ver desde el punto de vista sesgado e incompleto de un niño con respecto al mundo de los adultos, y esa visión parcial no hace sino impregnar de cierta tensión al relato.

Casi del mismo modo sutil se muestran los sentimientos que provoca en el protagonista su amigo Izan, algo que es más que amistad aunque Nico aún no sabe ponerle nombre. De igual manera que aparecen de forma superficial algunos comentarios y miradas en los que tampoco hace falta explayarse, porque todos hemos visto Billy Elliot y sabemos qué les dicen y cómo miran a los niños a los que les gusta bailar en un entorno donde no es lo habitual. Jonathan Arribas reconoce haberse inspirado en “Historia de un chico” de Edmund White (Dutton, 1982; editado en español por Blatt & Ríos en 2021) para construir su novela sobre un niño “distinto” sin referentes en un entorno rural depauperado. Es también la misma estela de grandes obras como “Ahora es el momento de Tom Spanbauer (Random House, 2015) o “Para acabar con Eddy Bellegueule” de Édouard Louis (Salamandra, 2015), solo que en “Vallesordo” todo es mucho más amable, más ligero, tal vez más ingenuo. O tal vez es que, en este caso, la acción se desarrolla en pleno siglo XXI y las cosas —esperamos— son mejores. (Toni Brito)



Destacaba en Nada más ilusorio, la reciente opera prima de Marta Pérez-Carbonell (Salamanca, 1982), cómo conjuga invención e ideas. Lo mismo hace en Mañana seguiré viva, donde empareja relaciones humanas y reflexiones vitales.

La historia que ahora cuenta ofrece un gran atractivo; y tal como lo hace, con una absoluta naturalidad que disimula el gran trabajo formal subyacente, tiene una cualidad magnética que imanta. Y eso que no refiere sucesos espectacularmente novedosos. Los encontraríamos parecidos en las revistas del corazón y en la hemeroteca del cine.Lo que se relata es la vida de Linda Rams, una actriz galardonada muy pronto con el Oscar. En torno a ella pululan el director de la primera película y su mujer. También un meticuloso e imprescindible colaborador.

Y una figura esencial del relato, la hija, ignorante de quién fue su padre y dolida por las extravagancias de la famosa estrella. Con este grupo en apariencia disparejo idea Pérez-Carbonell una auténtica familia de no consanguíneos en la que afloran todos los afectos, tensiones, generosidades o egoísmos imaginables. 

Suponen una representación plural de la vida, sus afanes, alegrías, penalidades, aciertos y errores encarnada en el sofisticado y áspero mundo del séptimo arte.A la citada nómina de íntimos de la excéntrica diva hay que agregar a su periodista de cabecera, el guardián de todos los secretos, incluso los inconfesables, a quien ella conoció por azar antes de ser famosa, el cual ahora hace una postrera y testamentaria entrevista a la legendaria actriz.

De este modo toma la novela la dimensión de vivaz recapitulación de medio siglo –de finales de los 40 a 1998– de historia de Occidente desde el prisma de ese grupo social tan singular.

Los personajes –esos protagonistas y un ramillete de atinados secundarios– están muy bien observados y aportan una materia humana de gran interés. Presentan pasiones, algunas fuertes, sustanciales.

A esta vertiente de alcance privado y de retrato psicológico, añaden una carga representativa de fenómenos históricos destacados como los cambios sexuales. Los variados escenarios, Inglaterra e Italia, sobre todo, descritos con sensibilidad plástica, remiten a la literatura viajera. Por otra parte, la novela también homenajea una edad de oro del cine. 

El retrato de época se puebla de referencias cinematográficas

 (Fellini, Rossellini, Marilyn, Ekberg, Mastroianni) y musicales (Queen y Freddie Mercury, el célebre concierto Live Aid, Nancy Sinatra). Y la narración se salpica con nombres y citas de pensadores y escritores (Kundera, Machado, Kafka, Sor Juana Inés). Podría temerse un embellecimiento culturalista de una historia algo folletinesca, pero las menciones encajan de modo natural y eficaz, con prudencia y sin exhibicionismo, en el fluir del relato. 

El drama privado y la estampa colectiva los galvaniza el elemento decisivo de la novela, la voz de un incógnito narrador reflexivo que aporta una dimensión especulativa de tono filosófico. Recuerda algo un rasgo de Javier Marías, sobre quien la autora escribió su tesis, y lo replica con provecho. En esas digresiones se cuestionan los relatos y las verdades unívocos, se relativizan las apariencias y se desconfía de la memoria. Invención novelesca y, por así decirlo, pensamiento producen un artefacto narrativo de complaciente lectura. La confluencia en él de un instinto natural de contadora de historias y de un escondido trabajo formal acreditan a Pérez-Carbonell como excelente novelista, aunque un punto en el límite del best seller.  Santos Sanz Villanueva



La nueva novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), Maite, se inscribe en una serie, "Gentes vascas", que agrupa obras narrativas bastantes diversas, pero relacionadas por mostrar personas normales de la tierra que encarnan el vivir cotidiano y a la vez reflejan un sentir colectivo.

A este ciclo, de ideación un tanto galdosiana, salvadas las diferencias formales y de enfoque, pertenecen la muy lograda reconstrucción del fanatismo ideológico, Patria; un conjunto emotivo y duro de cuentos sobre la violencia etarra, Los peces de la amargura; una novela satírica también relacionada con la banda independentista, Hijos de la fábula, y un retrato de la época de su aparición, Años lentos. Sin este nexo político, El niño hace la crónica impactante de un tremendo accidente en un colegio vizcaíno.

En Maite aparece también la violencia identitaria, pero Aramburu no la aborda como el asunto principal, sino que la ciñe a un muy relevante motivo de fondo de la trama anecdótica. Esta consiste en una clásica historia de análisis psicológico centrada en los singulares caracteres de tres miembros de una familia y en sus complicadas relaciones.

Se trata de una sexagenaria viuda, Manoli, y de sus dos hijas, Elene, la mayor, y Maite. En buena medida es una novela de mujeres en la que, además, se otorga un papel a los respectivos maridos de las hermanas, un gruista norteamericano, Johnny, y el oftalmólogo Andoni.

La historia arranca con el breve regreso a San Sebastián de Elene, quien hace trece años se marchó a Estados Unidos sin dar explicaciones y cortando casi toda relación con los suyos. La abuela no conoce siquiera al yerno ni a los nietos. El reencuentro disipa en parte las viejas tensiones y da lugar a que se muestre la idiosincrasia de las mujeres.

Con ello aflora también un bucle de falsedades. Sobre todo, las mentiras que minan la vida de las hermanas tormentosas: el infierno que vive Elene en Providence y la infidelidad conyugal que consiente Maite.

Los engaños que sustentan la vida aparente permiten a Aramburu desarrollar un buen ejercicio de introspección a partir del cual crea personajes atractivos de una rica complejidad. Aunque su personalidad invite a brochazos esquemáticos y maniqueos, los dota de finos perfiles y aristas, de modo que resultan de verdad sugerentes, con dosis exactamente calculadas de lucidez, coraje, abandono, frustración, egoísmo y un punto de locura.

Son muy buenos tipos, de esos que se quedan en la memoria, en particular las hermanas, ambas, aunque el título del libro privilegie a una de ellas. También es muy certero el retorcimiento mental de Andoni, su fingimiento impasible. Muy logrado resulta el retrato de Johnny y del intransigente entorno familiar, amén de soporte de una denuncia firme de la violencia contra la mujer. Y, resultado de una buena observación de las enrevesadas sinrazones del alma, tenemos la figura de la madre.

Razón hay para que la novela destaque a Maite. Narrada en tercera persona, es, sin embargo, ella quien aporta un punto de vista tan notable que, en realidad, toda la historia resulta como filtrada por su perspectiva. Ello se debe a su espíritu reflexivo, caviloso y ensoñador. Esta densidad mental la trata Aramburu mediante un recurso técnico creativo, base de la calidad emocional de la obra. Me refiero a la propensión de la mujer a recluirse consigo misma y a desarrollar monodiálogos.

En cualquier circunstancia, Maite se encierra en un "castillo" y desde ese aislamiento querido y germinativo ilumina la confusa realidad. En ese asilo del yo, en la vigilia y hasta en el sueño, se desdobla y entabla conversaciones animadas consigo misma, dolorosas o meditativas unas y otras cargadas de humor o de crítica.

Los soliloquios imaginativos de Maite refuerzan, además, el otro recurso de la novela que, de forma discreta y sin grandes efectismos, proporciona una agarradera a la atención del lector, unas eficaces notas de intriga, un moderado suspense que se solventa de modo inesperado y creativo en la última línea de la novela, cuyo detalle no debo señalar aquí.

La problemática familiar, la de las tres mujeres, meollo del relato, se acompaña de enriquecedoras ampliaciones (la parentela norteamericana patriarcal, fundamentalista y violenta de Elene; la diligente emigrante que cuida a la ama) que intensifican el realismo del fresco histórico.

Y este, a la vez, tiene un marco cronológico concretísimo especificado por los cuatro capítulos en que se divide la narración: los días que van del jueves 10 al domingo 13 de julio de 1997, fechas del secuestro del joven concejal por el Partido Popular de Ermua Miguel Ángel Blanco, su ejecución inhumana por ETA y su muerte.

Por supuesto, el desarrollo externo de aquel crimen horrendo ocupa un lugar importante en la trama de la novela pues le sirve de hilván. Aramburu no ha querido, sin embargo, relatar el vil asesinato sino insertarlo en el marco de una historia familiar concreta.

A partir de esta, se recrea un ambiente comunitario con múltiples ángulos. Están el sectarismo radical de ETA y de quienes lo justifican. Están las actitudes tibias, el doble lenguaje de quienes lo condenan en privado y callan en público. Sobresale el cinismo antievangélico de la Iglesia. Se halla el difuso temor paralizante de cualquier acción. Y también la determinación de quienes se oponen con coraje desde movimientos sociales pacíficos y expresan su condena. Esta postura la encarna Maite, de ahí que Aramburu le adjudique tan relevante papel.

Lo privado y lo colectivo alcanzan en Maite una absoluta simbiosis. Si lo privado funciona como motor de la trama, lo colectivo aporta el valor representativo del modo de ser, de pensar, de sus hábitos y de estar en el mundo la gente de un paisaje concreto, el vasco. En esa mirada atenta y reveladora –costumbrista habría que decir, si la palabra no tuviera tanta carga peyorativa– se condensa un retablo contemporáneo de Euskadi algo sentimental y algo crítico. En esta serie de libros, y obviando fuertes diferencias, Aramburu es el heredero actual de Pío Baroja.

Los sutiles asedios psicológicos a las mujeres centrales de la novela –menor gancho tienen los hombres–, la plástica precisión del paisaje urbano en que se mueven y la agilidad del relato con su dosis de incertidumbres y equívocos hacen de Maite lectura interesante, fácil y amena. Sí necesita, sin embargo, un oído más atento para lo conversacional, pues con frecuencia el habla de Maite resulta libresca. (Santos Sanz Villanueva)

 
 
 

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